domingo, 15 de diciembre de 2013

En La Raya

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Vista de Marvao desde el castillo.

Marvao se encuentra en el Alentejo, Portugal, en lo que solemos llamar La Raya. Pueblo chiquito y tranquilo, sus calles desiertas y empinadas nos llevaron hacia el castillo, desde el que pudimos contemplar los pueblos españoles y también algunos portugueses. Valencia de Alcántara, en Extremadura, sólo está a 20 kilómetros, un paseo, podríamos decir.





 Castillo de Marvao

Lo bueno de visitar lugares en época no turística, es que tienes casi todo el espacio para ti. Es lo que nos ocurrió cuando, hace dos meses, estuvimos en Portalegre y Marvao.

Nos encantó recorrer esa zona de Portugal, y pienso seguir visitando el resto del país - aunque no es la primera vez que visito Portugal, sino la cuarta - no sólo porque es una tierra preciosa, sino porque la gente es encantadora y realmente aprecian a los españoles. De todas maneras, vivimos en la misma península y somos primos hermanos, aunque durante mucho tiempo hayamos vivido un poco de espaldas los unos de los otros. 

Mari Carmen Polo

jueves, 12 de diciembre de 2013

Algo más sobre el Pirineo de Huesca


Ansó. Huesca

Caminando por Ordesa

Los bosques de Ordesa

Encontramos la cascada, después de caminar casi una hora.

 El impresionante paisaje de Ordesa.

Mari Carmen Polo

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La canción del agua

Valle de Ansó. Huesca


Porque en el Pirineo de Huesca, allá donde uno va se siente acompañado por el agua, traigo hoy esta serie de fotos, de los distintos lugares que he visitado, tanto en Ansó, como en Hecho y Ordesa.


Valle de Hecho. Huesca


Selva de Oza. Huesca


Broto. Huesca


Broto. Huesca

Broto. Huesca

Camino de Ordesa. Huesca


Mari Carmen Polo

jueves, 7 de noviembre de 2013

Tella, su dolmen y sus ermitas

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Pinchad sobre las fotos, para ampliarlas.


El tercer día de nuestra estancia en Ansó, decidimos que iríamos desde Hecho hasta Bielsa, pero antes de llegar a Bielsa yo quería ver el dolmen de Tella, y hacer el recorrido de las tres ermitas. Los dólmenes tienen algo especial. Pensar en que esas piedras fueron levantadas por gentes que vivieron en estas montañas, hace tantísimos siglos, siempre me emociona. Dejamos la nacional y nos desviamos a la izquierda, por una carretera estrecha, llena de curvas, que ascendía y ascendía en la montaña, hasta llegar casi a codearnos con las águilas. Los paisajes...  impresionantes.


El dolmen de Tella

Sólo eran 14 kilómetros hasta Tella, pero con tanta curva se llegan a hacer eternos. Por fin, tras un recodo, vimos el dolmen, que está situado a la izquierda del camino, junto a un pradito donde pastaba un rebaño de ovejas con sus corderillos.

El día era magnífico. Sol y buena temperatura invitaban a caminar por el bosque.


Ermita de los santos Juan y Pablo. Siglo XI

Tella es un pueblo muy pequeño y, como suele ocurrir en este tipo de pueblecillos, la mitad de las casas están abandonadas. No se ve un alma por sus calles, si acaso algún perro o gato, que animados por nuestra presencia se arrimaban a nosotros y nos acompañaban un ratito.


Santos Juan y Pablo.

Aunque el pueblo es chiquitín, tenía una oficina de turismo. Allí estaba una chica, para dar información sobre la ruta de las tres ermitas. A juzgar por el silencio que reinaba en el lugar, ella era la única persona de Tella, aparte de nosotros y dos chicos más que regresaban al pueblo tras haber hecho la ruta.



La ruta de las tres ermitas discurre por un paraje maravilloso. Se dice que dura una hora y media, pero nosotros, haciendo fotos a cada minuto, calculamos que tardaríamos casi el doble. No importaba porque aquellas soledades no nos hacían sentir incómodos, al contrario, a mí me entró una especie de euforia que me hacía pensar que éramos los únicos seres vivos sobre la tierra. Es de imaginar que en julio y agosto aquellos caminos estarían muy transitados, pero en la fecha en que acudimos nosotros, no había nadie, para alegría nuestra. 

La primera ermita era la de los santos Juan y Pablo. Chiquita y preciosa, la ermita románica - siglo XI - tiene una ubicación privilegiada. Desde allí se ve todo el valle del Cinca y a las 12 de la mañana el río brillaba como si fuera de plata. Creímos que no podríamos ver el interior, pero sí pues aquella puerta cerrada tenía un cerrojo que descorrimos y pudimos ver el interior: una virgen rodeada de flores y papelitos con frases de todo tipo y un altar con los santos a los que está dedicada la ermita. Bajo el altar, bajando por unas escalerillas, se encuentra una habitación minúscula que podría servir de dormitorio al ermitaño.


Ermita de la Virgen de la Peña. Siglo XIII

Seguimos avanzando montaña arriba, hasta que vimos a lo lejos otra de las ermitas - la de la Virgen de la Peña, del siglo XIII - y, frente a ella, la tercera - la de Fajanillas, del siglo XVI.

La vista del valle del Cinca desde la ermita de la virgen de la Peña es impresionante. Mirar alrededor y ver todas esas montañas inmensas, el profundo valle, el río, es algo tan sublime que te quedarías allí horas y horas mirando el paisaje.




La vida se abre paso donde sea, igual que este pino, que ha crecido sobre el tejado de la ermita.


Virgen de la Peña.

Al igual que en la ermita de los santos Juan y Pablo, en las dos ermitas restantes se podía entrar. En la de la Peña, además de la talla de la virgen con el niño, y flores, y velas, había un traje de primera comunión, corto, de color marfil, con su chaquetita. ¿A quién pertenecería? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Por qué lo dejaron en la ermita? Seguramente en agradecimiento por algún posible milagro obrado por la virgen, quién sabe...


Bajando hacia la ermita de Fajanillas.



Desde ambas ermitas se tenía una fantástica visión del pueblo de Tella. Y desde la ermita de Fajanillas salía un estrecho sendero que llegaba hasta el pueblo, cerrándose así el circuito.


Tella. Huesca

Casi a las dos de la tarde llegamos de nuevo al pueblo. Saludamos a la chica de la oficina de turismo, para hacerle saber que habíamos regresado sanos y salvos, que no nos habíamos perdido por el camino. Nos montamos en el coche y bajamos, tranquilamente, hacia la carretera nacional.


Tella. Huesca

Espantabrujas, en Tella

Se dice que en esta zona había mucha creencia en las brujas, por eso en las chimeneas, en los salientes más altos de las casas, se ponían figuras de animales o de personas, para espantar a los malos espíritus y que no perjudicaran a los habitantes de la casa. 

Una vez en la nacional, y mucho antes de llegar a Bielsa, paramos en un restaurante a pie de carretera. Comimos de maravilla, porque por aquellas tierras se come bien, en abundancia, a un precio muy razonable.


Valle del Cinca

Tras el almuerzo seguimos camino a Bielsa, entre montañas, desfiladeros, praderas con sus rebaños de ovejas, o vacas deambulando junto a la carretera.

El viaje a Tella, el dolmen, el circuito de las ermitas, ha sido una de las experiencias más fantásticas de mi vida. Me encantó caminar por las montañas y descubrir tanta maravilla. Es tan poderosa la naturaleza... Y yo estaba allí, disfrutándolo todo.

Una pura delicia para los sentidos.


Mari Carmen Polo

domingo, 3 de noviembre de 2013

Pirineo de Huesca. Los bosques y los colores del otoño

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Río Veral, en el valle de Ansó

Nunca había visitado Huesca en otoño, siempre que anduve por allí fue en verano y de esto ya hace muchísimos años. Cuando decidimos viajar al pirineo oscense, para ver los colores otoñales, no imaginábamos que nos encontraríamos paisajes tan fantásticos como los que nos encontramos en el valle de Ansó, de Hecho, en Ordesa y, aunque ya fuera de Huesca, en Navarra, en el valle de Roncal.


Valle de Ansó

Si bien ocho días no dan para demasiado, nosotros tratamos de recorrer y ver lo más posible, lo cual ha significado que hemos hecho tantos kilómetros y hemos pasado tantas curvas, que aún ahora mi mente parece estar deslizándose por desfiladeros y subiendo montañas por carreterillas estrechas para ir al encuentro de pueblos pequeños, silenciosos, sin nadie en sus calles, exceptuando algún gato o perro que nos acompañaba un ratito más por la novedad que por otra cosa.


Valle de Ansó

No queríamos aglomeraciones de gente yendo y viniendo por todos lados. Queríamos tranquilidad y espacio libre para hacer las fotos que nos diera la gana. Queríamos disfrutar de los lugares sin tener que pedir permiso para pasar.  Y así ha sido, en general: nadie o casi nadie por donde íbamos pasando, lo cual nos llevaba a tener, por ejemplo, un restaurante para nosotros solos, y la dueña dándonos conversación, para que no nos sintiéramos abandonados. Un encanto de gente, los aragoneses.


Valle de Ansó, hacia Zariza

Nuestra primera parada fue en el precioso pueblo de Ansó, donde teníamos un apartamento muy agradable. En el apartamento había chimenea, que un día nos encendió Nacho, el dueño del establecimiento. Y no la encendío más porque yo no quise, preferí la calefacción a la madera, ya que la habitación olía demasiado e incluso se me agarraba a la garganta y me hacía estar incómoda.

Al día siguiente de nuestra llegada, con una mañana nublada pero sin lluvia prevista, emprendimos el viaje hacia Zariza, a unos 14 kms. de Ansó. Es un paraje magnífico y la carretera va pegadita al río Veral. El trayecto hasta el camping de Zariza, en un lindísimo vallecito, debía durar unos veinte minutos, pero nosotros nos parábamos cada trescientos metros, para hacer fotos, y llegamos casi una hora después. No importaba, lo importante era que lo estábamos pasando muy bien. Por cierto, en el camping de Zariza se come de maravilla, pero es que en Huesca se come bien en todos los lados, lo hemos podido comprobar cada día.



Bosque de Oza.


Como son muchas las fotos que he tomado y quisiera ir poniendo bastantes, aunque poco a poco, hoy comienzo con algunas de ellas que muestran los colores del otoño, unos colores que te dejan con la boca abierta sin saber muy bien hacia dónde mirar porque todas las laderas son un espectáculo grandioso.

Seguiré, pues, comentando cosas del viaje y dejando todo tipo de fotografías.

En las fotos apaisadas, tendréis que pinchar sobre ellas, para verlas un poco más grandes.


Mari Carmen Polo

miércoles, 9 de octubre de 2013

San José. Cabo de Gata.




No quería terminar con el tema de Almería sin dejar algunas fotos de San José, donde he pasado una fantástica semana.

San José es un pueblo familiar, tanto por ser abarcable en poco espacio de tiempo como por ser lugar donde las familias pasan sus vacaciones sin más contratiempos que los berrinches que puedan coger los pequeños. 



Yo no conocía San José, aunque me habían hablado mucho de él, por eso ha sido todo un descubrimiento para mí. Me ha gustado tanto que ya estoy pensando en volver el año próximo y, si es posible, y voy a intentar que lo sea, al mismo apartamento, desde el cual teníamos una vista ideal de todo el pueblo, la playa y el mar.



Muy poco queda ya, si es que queda algo, del San José de pescadores al que hoy acoge a tantos veraneantes. Tampoco el entorno es el mismo, salvo por esas montañas y esa torre vigilante, oteando día tras día, mientras sus muros resistan, el horizonte.



Algunas de estas fotos han sido tomadas poco después del amanecer, cuando la playa, con el mar en calma, se iba despertando, poco a poco, al ritmo de las pisadas de algún bañista madrugador.



Afortunadamente, aunque durante el día hacía calor, tampoco era excesivo. Las noches eran estupendas, corriendo una brisa deliciosa que hacía que yo me quedara, mirando a Venus, hasta más de medianoche. Mientras tanto, en el paseo, las gentes entraban y salían de los restaurantes o de los bares, apurando la noche, antes de irse a descansar.



Junto al puerto, para mi gusto, estaban los mejores restaurantes. Hay que decir que en todos los que hemos comido, en todos, se comía de maravilla y a buen precio. El salmorejo, el gazpacho, los pescados, los mariscos, arroces y carnes, todo, todo, estaba para chuparse los dedos. 



El desayuno - pan con aceite y tomate, y jamón, o atún, o el bocadillo que te diera la gana, y los dulces -  lo hacíamos en un restaurante cercano al paseo, pues los restaurantes del puerto tan sólo abrían hacia mediodía, para empezar con los almuerzos, y por las noches, las cenas.



Y tras el desayuno... nosotros emprendíamos el camino hacia los pueblos de alrededor, para conocer la zona, y las familias tomaban posiciones a la orillita del agua y allí pasaban la mañana, hasta la hora de irse a comer.



Debo decir que el agua estaba caliente, caliente. ¡Daba pena salir de ella!




Por la noche, tras la cena, caminando entre los puestecillos de jabones artesanales, pendientes, collares, bolsos, fósiles, y un sinfín más de fruslerías, instalados a lo largo del paseo de palmeras, sintiendo el rumor del mar, volvíamos al apartamento, para salir a la terraza y seguir observando el mundo, aquel pequeño mundo, que palpitaba entre luces y sombras. La paz, la tranquilidad era tan fantástica que te hacía sentir que estabas en el paraíso. 

Y como quiero volver a sentir esa paz y esa alegría al despertarme, es por lo que quiero volver. Y, por supuesto, porque me han quedado varios pueblos cercanos a San José, que quiero conocer y recorrer.


Mari Carmen Polo

miércoles, 2 de octubre de 2013

Por los campos de Níjar




En este viaje a Almería quería visitar lugares que hacía tiempo estaban en mi lista, uno de ellos era Mojácar - y no pudo ser, pero lo tengo previsto para el próximo año - y el otro era Níjar. Este sí. Por este pueblo me he paseado, he comprado su preciosa cerámica y hasta un cestillo de mimbre, con su tapadera y todo. No es muy común ver a la gente haciendo este tipo de actividades, pero nosotros tuvimos suerte y nos encontramos con este buen hombre que se entretenía tejiendo cestos. Una manera relajada de pasar unas horas mientras se charla con los vecinos, o con los que vienen de fuera, como era nuestro caso.



La primera vez que yo supe de la existencia de Níjar fue hace muchos años, cuando compré el libro de Juan Goytisolo, Campos de Níjar. Es un libro que se lee de un tirón, ya que no son demasiadas páginas, y refleja muy bien la vida de aquellos paisanos míos, en los años cincuenta. 

Afortunadamente, poco tiene que ver aquel Níjar que Goytisolo recorrió y los campos que vemos hoy día. 



En el libro, publicado en 1959, Goytisolo habla de una zona de España donde lo que uno podía encontrar, sobre todo, eran las pitas, las chumberas y la miseria.

Han pasado más de cincuenta años y todos aquellos campos pedregosos y polvorientos, llenos de lagartos, que un día lejano pisara el escritor, ahora están cubiertos de plásticos, dándole al campo la sensación de que tiene una capa de escarcha, gracias a la cual llega dinero y riqueza a la provincia de Almería.



Yo no sabía que en Níjar hubiera tanta cerámica y tan bonita. Uno se queda extasiado mirando tantos objetos preciosos. Me lo dijeron unos antiguos amigos de Córdoba, a los que fuimos a visitar a su apartamento, en Vera, y tenían razón.



Por eso, uno de las mañanas de nuestras mini-vacaciones la invertimos en acercarnos a Níjar, y en recorrerla. No sólo entramos en algunas tiendas donde se produce y se vende la cerámica, también charlamos con los dueños, que nos ponían un poco al corriente de la vida en el pueblo.



Compré cuencos decorados con todos los colores del arco iris, y un botijo chiquitín, parecido a los que tenían mis abuelos en la repisa de la ventana, aunque aquellos eran mucho más grandes.




Pude ver los trabajos hechos con el esparto y, también, aquellos aperos de labranza que yo creí desterrados para siempre.



El pueblo está en la ladera de un monte donde aparecen, por aquí, por allá, matojos y algunas palmeras. Sus calles, blancas y empinadas; sus balcones y ventanas, adornadas de flores. Como debe ser.



Y todo bajo este sol de verano de Andalucía que calcina hasta el más leve pensamiento, cuando te expones a sus rayos sin protección alguna.





Las buganvillas, las chumberas, están presentes allá por donde vas. Ver esos chumbos que nadie recoge ya, daban ganas de subir y tomar unos cuantos. Lo malo son las espinas, que disuaden de llevar a cabo tal empresa.




Igualmente es fácil distinguir las torres vigilantes, alguna mejor conservadas que otras. Esta torre está en lo más alto del pueblo y, sinceramente, con el sol de mediodía que caía a plomo y teniendo que subir unas cuestas bastante pronunciadas, no me apetecía en absoluto llegar hasta arriba, así que en la calle de los Gatos - había muchos por allí, posiblemente por eso tiene ese nombre - dimos media vuelta y regresamos por donde habíamos venido.



No obstante, antes de volver al lugar donde estaba aparcado nuestro coche, echamos un vistazo a los campos de Níjar, tan brillantes, tan prósperos, a pesar de que todo se haya desarrollado donde antes sólo había desierto. Uno los ve, estos campos, y no deja de pensar en la capacidad humana para cambiar lo que le rodea, para aprovechar lo que hace cincuenta años la gente, sin duda, pensaría que era inaprovechable. 



Campos de Níjar, pitas, palmeras, chumberas... Y sol. Y desiertos.

Un paisaje atrayente, a pesar del calor, de la sequedad. Un lugar que uno piensa que no le gustará pero que, definitivamente, atrapa. Conmigo lo ha hecho. Me era desconocido, porque nunca había visitado San José y sus aledaños, nunca había llegado hasta esta zona de cabo de Gata, pero una vez recorrida me ha gustado tanto que ya estoy pensando en volver.

Mari Carmen Polo