viernes, 28 de junio de 2013

Un lugar ideal para el descanso: Tarifa

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Supongo que alojarse en un buen hotel nos gusta a la mayoría de las personas. A mí, desde luego, me encanta, lo que ocurre es que no puedes saber cómo es un hotel sin antes haber pasado al menos una jornada en el lugar. Están los comentarios que dejan los viajeros, cierto, pero esto es como en la feria, a unos les va bien y a otros regular. Nosotros elegimos el Meson de Sancho porque no encontramos, vía Internet, y entre Algeciras y Tarifa, otro que no fuera cutre ni excesivamente caro. Lo reservamos para nuestro viaje de marzo y quedé entusiasmada en cuanto puse un pie en su interior. La pena fue que los cielos se abrieron en aquellos días y tuvimos que abandonarlo nada más llegar, pues con mal tiempo como mejor se está es en casa. Pero lo guardamos en la mente para junio.


Y así fue. El Mesón de Sancho nos aguardaba, entre un mar verde de árboles frondosos, higueras majestuosas, un arroyuelo cantarín, los gorriones dándonos los buenos días y Marruecos frente a nuestra terraza, como si estuviera al alcance de la mano. Este hotel, entre Tarifa y Algeciras, fue una auténtica gozada, sobre todo porque, al no ser época vacacional, estaba bastante tranquilo.


He estado en muchos hoteles, muchísimos, pero no recuerdo uno que me enamorara como lo ha hecho este, con sus amplios ventanales abiertos todo el día, un restaurante coqueto y acogedor, el área de la piscina tan refrescante, sus amplias y luminosas habitaciones, tantas flores por todos lados, dentro y fuera del hotel, sus pequeños detalles distribuidos sobre mesas y rincones, y sus terrazas, tanto en los lugares comunes del hotel, como en los propios dormitorios. Nada hay más satisfactorio que sentarte en tu terraza, con un té, un refresco, tu libro o el cuaderno de dibujo, y la sensación de que es ahí donde quieres estar para dar por concluida una jornada que suele discurrir entre playas y visitas a los pueblos cercanos.


Alguien podría decirme que este hotel del que hablo tiene una pega: está en la carretera, y es verdad, no es hotel de ciudad, pero la carretera desaparece de nuestra vista, y de nuestro oído, en cuanto uno se adentra en el hotel, pues entonces no se percibe nada más que la paz, la tranquilidad y, como será lógico, los gritos de los niños en la piscina, cuando lleguen los calurosos días de julio y agosto.


Yo, como ya he comentado, he tenido la suerte de viajar en junio, y en ese mes no suele haber muchas familias que se puedan permitir estar de vacaciones. Sí había, en cambio, adultos, sobre todo extranjeros, que llegan a Tarifa para descansar, para hacer surf en sus extensísimas playas, sentarse en las terrazas ante unas buenas tapas y unas cervezas bien fresquitas, para disfrutar de la vista de delfines, orcas y demás cetáceos, que suelen pasear por el Estrecho, o para desplazarse a Tánger, en cualquiera de los ferrys que salen desde Tarifa y que enlazan con la ciudad marroquí en unos 35 minutos.


Creo que pararse en el Mirador del Estrecho es algo debe hacerse por el gusto de darle alegría a nuestros ojos, por nuestro propio bienestar. ¡Qué delicia! Cuando anduvimos por allá, en el mes de marzo, entre lluvia, viento y niebla nos fue imposible ver nada más allá de nuestros zapatos, pero en junio, con días despejados, soleados, cielos azules y brisas cálidas, es algo increíble mirar hacia el otro lado y constatar que aquello que tenemos rozando nuestros dedos es África, ¡África! 

Siguiendo con la mirada la línea de la costa africana, en el extremo izquierdo, tan blanca, tenemos a Ceuta, y frente a nosotros un puerto comercial marroquí y las casitas diseminadas de manera anárquica por el monte, sin olvidarnos de los molinos de viento coronando su sierra, molinos gigantescos, de esos que encontramos por los campos gaditanos, tantos que ya resultan una parte más del paisaje.


Si yo, mirando este Estrecho de Gibraltar, donde no cesan de cruzar enormes barcos en un sentido y en otro, pude pensar que África está ahí mismo, tan cerca, tan cerca, ¿cómo no van a pensar ellos, los que están al otro lado, que Europa está sólo a unos minutos de sacarles de su miseria? Que corren malos tiempos para Europa, es verdad, pero entre dos males siempre tendemos a elegir aquel con el que pensamos que estaremos mejor situados.


Paseando por el puerto de Tarifa llamé a mi madre y le dije que estaba junto al mar, que olía a sal y redes puestas a secar, que me recordaba al Puerto de Motril. Algo se me remueve por dentro cuando estoy en un muelle. Pesa demasiado la niñez y los días despreocupados jugando a perseguir rayos de sol sobre la superficie del mar. Tanto colorido en los barcos, los ferrys entrando y saliendo del puerto, las gaviotas con sus planeos y por las calles, poco movimiento. Tarde de ligera brisa, aquella primera que paseé por este pueblo blanco de sol y sal.


Volví a Tarifa en varias ocasiones, para curiosear, almorzar y cenar, para caminar por sus calles antiguas repletas de bares y restaurantes, acercarme a su castillo, el castillo de Guzmán el Bueno, o para tomar un helado y observar el ajetreo de la gente bajando del ferry, comprando, sentados en las terrazas...


Incluso una tarde llegamos hasta la playa de los Lances, para ver las filigranas que, con sus cometas, unos chicos bordaban sobre las olas, y hacía tal viento que los granitos de arena se clavaban en mi piel como si fueran alfileres. Salí de allí huyendo. Tenía arena en el pelo, en la bolsa de la cámara y hasta en el dobladillo de pantalón.


Frente al castillo se encuentra el puerto, su aduana, sus filas de coches esperando para cruzar ese trozo de mar, el Estrecho, que parece tan pacífico, tan poca cosa, apenas quince kilómetros, ¿qué son quince kilómetros? Nada, una nimiedad que podríamos hacer caminando en un par de horas, quizá tres, pero el Estrecho, tan estrecho, no está hecho de tierra sino de agua, y aunque su travesía pueda ser corta y creamos que está ausente de peligros, son muchos los que se han quedado en él para siempre.

El Estrecho, lugar de paso de buques, cetáceos, aves y personas. Ese punto donde se funden las aguas del Mediterráneo con las del Atlántico. Un lugar mágico poblado de recuerdos, historias y leyendas. Y nosotros, desde Tarifa, tenemos una atalaya privilegiada para verlo, sentirlo, olerlo, temerlo y amarlo. El Estrecho de Gibraltar.

Mari Carmen

miércoles, 26 de junio de 2013

De encinas, cigüeñas y piedras milenarias


Si al entrar en Jaén, y adentrarnos en Andalucía, nos llama la atención el mar de olivares que nos rodea, en cuanto nos acercamos a Trujillo, quizá un poco antes, las encinas son las que nos dan la bienvenida. Me gustan mucho las dehesas extremeñas, su tierra cubierta de flores en cuanto despunta la primavera. 

Íbamos de paso, por tierras extremeñas. No como las cigüeñas, no, que esas llegaron y se quedaron. Nosotros llegamos a Mérida el día 10 y pasamos allí una tarde, una noche y una mañana, y aunque ya sé que no es tiempo suficiente para conocer bien la ciudad, al menos pudimos pasear por el centro de la villa, visitar el acueducto de los Milagros, el de San Lázaro, el templo de Diana, el puente romano, el anfiteatro y el teatro, además del museo.

El hotel donde habíamos reservado, Nova Roma, está situado muy cerca del teatro romano y del museo, y también de toda una serie de restaurantes donde poder tapear y comer.

Lo bueno de viajar en temporada baja es que no hay problema de masificación. Pocos turistas nos encontramos por la ciudad. A las nueve de la mañana se abría el complejo arqueológico del teatro y anfiteatro y nosotros, aunque no fuimos los primeros en entrar en el lugar, porque desde temprano había operarios trabajando en el teatro, sí fuimos los primeros que paseamos bajo los arcos y las piedras.

Fue una suerte disfrutar de todo aquel espacio para nosotros solos. Justo cuando ya concluíamos la visita, comenzaron a llegar los escolares, los curiosos o los estudiosos de épocas pasadas. Allí les dejamos, entre jardines y pasadizos oscuros, columnas que tan sólo soportan el peso del aire, el agua de la lluvia, los rayos del sol, y muros descascarillados, en cuyas grietas anidan, felices, los insectos y las lagartijas. Allí quedaron todos ellos, los visitantes, tejiendo puentes imaginarios entre lo que fue y lo que queda del esplendor de la época romana. En unos pocos días comenzarían las representaciones de teatro, de ahí el trabajo de acondicionamiento de los obreros. Nunca he asistido al teatro en Mérida, pero sin duda debe ser algo espectacular e inolvidable ver pasear a los actores sobre aquel escenario, envueltos en el aire cálido de la noche y bajo la luz de las estrellas.

Tras la visita al museo almorzamos en uno de los restaurantes situados frente a sus puertas. Probamos las migas extremeñas, unas croquetas muy ricas y algunas tapas más. Tras el almuerzo, emprendimos el camino hacia Tarifa. A un lado y otro, las amables encinas, y coronando los postes telegráficos, las cigüeñas en sus nidos. Aire limpio y autovía libre de tráfico, tal como yo quería. Un poco más allá... nos esperaba Andalucía.

M. Carmen