lunes, 29 de julio de 2013

Las playas de los surfistas, en Tarifa



Tras una visita a los pueblos costeros, cercanos a Tarifa, lo obligado, te guste o no el surf, es acercarse a las playas, para ver toda la fiesta que allí se desarrolla, día tras día.


Desde varios kilómetros, antes de llegar, ya se pueden distinguir las cometas, surcando el cielo. Es un espectaculo especial. Es como ver el horizonte poblado de globos solo que aquí lo que lo colorea son las cometas.


Tarifa atrae, cada año, a miles de turistas, sobre todo extranjeros, amantes del windsurf y del kitesurf. La tarde que nos acercamos a la playa hacía mucho viento y los surfistas podían lucir ampliamente sus habilidades.


Lo admirable no era que estas cometas fueran y vinieran de un lado a otro, lo asombroso era que no se enredaran entre ellas. La destreza de sus dueños, claro está, evitaba tal cosa.


Conforme nos acercábamos, nos llamó la atención unos coches clavados en la arena. Era la fiesta de los Minis, un coche que a mí me encanta.


No me imaginaba yo lo grandes que son las cometas. Allí, en la playa, pude comprobar cómo las preparaban, las arrastraban, las colocaban y las lanzaban para que los chicos y chicas pudieran planear sobre las olas. 


Nunca se me ocurriría hacer algo similar. Los deportes de este tipo, o que tengan algún tipo de riesgo, no es lo mío, pero reconozco que el chute de adrenalina para toda esta gente tiene que ser fantástico. 
 

Una estampa simpática. Aquí parece que son las cometas las que tienen piernas y se pasean por la playa.
Lo que me llamó muchísimo la atención fue lo cerca que estaban las montañas de Marruecos. Parecía que en sus faldas estuviera Tarifa, pero no, la tierra marroquí estaba al otro lado del mar, a unos quince kilómetros de la ciudad.

 

Una vez que dejamos atrás las playas de los surfistas, volvimos hacia Tarifa y nuestro hotel, y desde el mirador del Estrecho les hices unas fotos a la ciudad de Ceuta y a la costa marroquí, con sus pueblecillos diseminados por las laderas de las montañas. Desde el mirador se podían ver muy bien sus molinos de viento, su puerto comercial y sus grúas. Y es que son tan pocos kilómetros los que separan los dos mundos...



Estos molinos de viento me llamaron la atención ya que no son como los que estamos habituados a ver por nuestra geografía. Imagino que tienen esta estructura porque oponen menos resistencia a los fortísimos vientos que se enseñorean de la zona casi cada día del año. No dejan de ser curiosos, ¿verdad? Me parecen una mezcla de molinos y de torres de la red eléctrica. 

Abandonamos Tarifa y la provincia de Cádiz y pusimos rumbo a Córdoba, ciudad en la que tenía ganas de pasar al menos una noche, para encontrarnos con antiguos amigos, visitar Medina Azahara y la misma Córdoba. 

Pero sobre Córdoba hablaré en la próxima entrada.

Mari Carmen

lunes, 22 de julio de 2013

Un lugar privilegiado: Baelo Claudia

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La primera vez que visité Baelo Claudia hacía un día de perros. Era marzo y la jornada amaneció de un gris muy sucio. Había viento y niebla y frío y no había un alma por el lugar exceptuando a los vigilantes del pequeño museo. Nosotros también estábamos, claro, pero estuvimos poco porque no había quien aguantara aquel ventilador gigante que zarandeaba los arbustos por todos lados, tenía escrespadas a las olas y pretendía llevarme en volandas más allá de los riscos de los montes cercanos. Lo que se dice un asco de día.


El día que volvimos, en junio, el panorama era muy diferente. El cielo amaneció espléndido, no se movía ni una brizna y el sol ya se insinuaba, dispuesto a hacernos sudar de lo lindo. Lo interesante fue que, de nuevo, fuimos de los primeros en llegar y, cerca de nosotros, apenas una o dos personas paseaban por el recinto. Es mucho más cómodo poder hacer fotos sin tener que esperar a que pase la gente, sin tener que esquivarlos, evitando así que te estropeen la instantánea.


Yo caminaba por los lugares indicados y miraba al mar y a aquel cielo transparente y bello. Miraba al mar y miraba los montes cercanos, y miraba la ciudad, o lo que quedaba de ella, y me decía que la gente de aquella época debió vivir una vida hermosa. Una vida con los inconvenientes de la época, pero también con sus beneficios. Levantarte, abrir la puerta y recibir una bocanada de brisa marina, mirar el agua, a veces mansa, a veces encrespada, pero siempre magnífica, debía ser como estar en el paraíso. Lo sé porque yo he vivido a escasos metros del mar y cada día que abría el portón del cuartel lo primero que veía era su brillo metálico, lo primero que sentía era el rumor de las olas, lo primero que percibía era el olor a sal. Y yo, aunque muy jovencita, una niña apenas, sabía que aquello era algo único, algo que se me estaba ofreciendo como un privilegio, un regalo.


Baelo Claudia - dejo este enlace para que se informen sobre el lugar quienes lo deseen - ya es sólo una sombra de lo que debió ser, pero esa sombra es alargada, llega hasta nosotros y nos permite hacernos una idea de cómo vivían sus gentes. Yo lo imagino como cualquier pueblo costero, antes de que llegara el turismo: barquitas en la playa, redes puestas a secar, en las mañanas un mercado animado donde las criadas zascandilearían entre frutas, verduras y pescados, contándose los últimos chismes, las damas arreglándose para ir al teatro al llegar la noche, y muchos críos jugando en la orilla del agua, a cualquier hora.


En las losas melladas de las avenidas, los muros medio derruidos, las piedras amontonadas de lo que un día fueron arcos de entrada a las viviendas, ya no están enredadas las voces de los ciudadanos, de sus habitantes. Ahora, entre sus huecos, anidan enormes lagartos verdosos, arañas, escarabajos, lagartijas y toda una amplia gama de bichejos que para mí no tienen nombre simplemente porque los desconozco; también hay líquenes e hierbas agarradas a los pedruscos, porque en ello les va la vida.


Muy cerca de las ruinas, están las dunas. Onduladas dunas de arena suave, rubia, finita, de esa que pincha como si fueran alfileres cuando sopla el levante, el poniente, o cualquier otro tipo de viento, si es que lo hay. Algunas lanchas reposan junto a la orilla, como aquellas barcas de los marineros de Baelo Claudia, que también debían estar por allí, esperando a la madrugada para hacerse a la mar, con la bendición de todos los jefazos del Olimpo.


Saliendo de Baelo Claudia, muy cerca, hay bares, chiringuitos, sombrillas, para uso y disfrute de aquellos que quieran pasar un día despreocupado y feliz entre las olas. Nosotros, que fuimos afortunados y justo cuando salíamos del recinto llegaban en masa los visitantes, nos fuimos a celebrar la paz que habíamos encontrado entre las ruinas a un bar cercano. Placer de dioses es tomarse una cerveza y unas tapas, a la sombra, la vista puesta en ese horizonte azul que parece infinito, percibiendo la brisa marina y sintiendo el graznido de alguna que otra gaviota. Uno podría pasarse allí la mañana entera.


Uno podría, sí, pero nosotros no podíamos pasar toda una mañana en aquel bar, porque teníamos en mente ir a comer a Barbate y después acercarnos a Caños de Meca. 

Dejamos atrás Baelo Claudia, las dunas, la playa donde los alumnos de un colegio gritaban nadando y lanzándose agua unos a otros, y nos fuimos a Barbate. Recorrimos sus calles centrales, tranquilamente. Aún no era temporada de turistas y las tiendas, los bares, los restaurantes, sus puertas abiertas de par en par, aparecían vacíos, apenas unas cuantas personas tomando el aperitivo o comiendo. Era un panorama desolador. Me dije que era junio, que había crisis, que en julio y agosto costaría trabajo encontrar una mesa libre a la hora de comer, pero ¿de qué viven tantos restaurantes durante los meses que no son veraniegos? 

Tras el almuerzo, en un buen restaurante de la playa - pero ¡qué rico está la melva asada, por favor! - y de camino a Caños de Meca, vimos un sendero que llevaba hacia unos acantilados. Hacía sol, y calor, pero había algo de vientecillo, de modo que con buen humor, y bastante coraje, dejamos el coche aparcado bajo unos pinos y nos encaminamos hacia aquellos acantilados. Creo que no llegamos a recorrer ni un kilómetro. La vista del mar era fantástica, es verdad, pero el sol se hizo muy pesado, nos mordía demasiado la espalda - a mí al menos, que llevaba blusita de tirantes - y el acantilado ni siquiera se vislumbraba en la lejanía. Pensamos que mejor dejábamos el acantilado para otro día, o mejor... para otro año.


En Caños de Meca, más de lo mismo: desolación, apenas nadie por las calles. Claro que a las cinco de la tarde, a ver quién se aventuraba a salir de casa, con la que estaba cayendo. Dimos media vuelta y regresamos por donde habíamos venido, a nuestra disposición una carretera sin tráfico alguno. No sería así en unas cuantas semanas, de eso estaba segura. 

Queríamos pasar por Valdevaqueros, para ver a los surfistas, pero antes paramos a un lado de la carretera para hacer unas fotos a los campos plagados de estos modernos gigantes, los molinos de viento de brazos inmensos. En esa zona de Cádiz hay un gran parque eólico,  aprovechando los vientos que siempre ventilan el lugar. 

Y fue mucho antes de llegar a Valdevaqueros que vimos las primeras cometas, coloreando el cielo.

Pero sobre eso hablaré en la próxima entrega.

Mari Carmen Polo

jueves, 4 de julio de 2013

De visita por Gibraltar

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 El Peñón, visto desde La Línea de la Concepción

No era la primera vez que visitaba el Peñón. Lo había hecho... hacía demasiados años, y me apetecía volver. Lo ví, de lejos, envuelto en neblina, en marzo, pero el tiempo era muy malo y decidimos posponer la salida para visitar Gibraltar. Esa visita y todas las visitas a los demás lugares, porque el agua no daba tregua.

Pero junio ha sido otra historia. Yendo en coche, por la carretera de Tarifa a Algeciras, hay varios puntos desde los que se ve el Peñón de Gibraltar de manera impecable. Hay lugares para desviarte - zonas habitadas - y poder admirar el paisaje gibraltareño, desde luego, pero yo eché de menos un mirador a pie de carretera, como el Mirador del Estrecho, cercano a Tarifa, desde el cual se ve tan claramente todo esa franja de mar, la tierra de Marruecos y Ceuta. No hay, pues, mirador y tampoco era cuestión de aparcar el coche en el arcén simplemente para recrearme la vista. Sobre todo porque apenas había arcén y hubiera sido peligroso.


Me hubiera encantado estar un ratito mirando aquel cuadro: Gribraltar destacándose contra el cielo, los barcos circulando, las rocas peladas marroquíes... Sí, yo creo que Gibraltar impresiona más mirándola de lejos que desde dentro del territorio. 

En La Línea, cerca de la frontera, todo está plagado de negocios: cambio de moneda, restaurantes, bares, tiendas de todo tipo... Ya no es necesario pasar a Gibraltar a comprar nada, o casi nada, porque todo está igual de caro que España, incluso la gasolina. 

Y entre los controles españoles y el gibraltareño se extiende una zona asfaltada donde está incluida la pista de aterrizaje. Has de cruzar rápido pues si no lo haces, enseguida te avisan, en inglés, de que está prohibido pararse en la pista.


En Gibraltar se circula como en el resto de la Europa continental, es decir, por la derecha, por eso en todos los pasos de peatones aparece, a cada lado de la calzada, ese Look Left o Look Right, sobre todo para los que vengan de la Gran Bretaña, porque los llanitos ya están acostumbrados.


Uno pasa a Gibraltar por aquello de decir que ha estado en territorio extranjero, aunque oyendo hablar a la gente de allí, que se expresa igual de bien en español-andaluz que en inglés, no te sientes extraño, a pesar de los carteles informativos, de las cabinas telefónicas, los buzones de correos y los restaurantes con nombres británicos. Hasta puedes pagar en euros, si te place. 


La calle principal, la calle de los comercios, restaurantes y bancos, es bulliciosa, alegre, y está llena de turistas, de paseantes de La Línea, de los propios ciudadanos gibraltareños. Coincidimos con la salida del colegio de los estudiantes y era simpático escucharles, pues pasaban del inglés al castellano de manera normal. 


Realmente era chocante ir por la calle, escuchando hablar casi más en español que en inglés, y ver todos aquellos carteles escritos en la lengua de Elton John. 

La calle principal es bastante larga, el núcleo de la vida gibraltareña. Hay más calles, claro, y también está la zona portuaria, además de la parte alta del Peñón, donde están los monos y desde donde se verá todo el paisaje que hay al otro lado de la roca, como es la costa africana. Yo no subí. Hay viajes para ir hasta arriba del monte, y también un funicular, pero hacía calor y no nos  apetecía desplazarnos hasta todo lo alto.





Muy British, ese fish and chips, que se ofrecía en múltiples restaurantes. Yo preferí una comida menos grasienta y más refrescante.





E, igualmente, muy británicos esos buzones del correo real, pintados de rojo y con los adornos de la corona. 


Casi al final de la calle, antes de llegar a Trafalgar Cemetery, donde están enterrados soldados de 1805 e incluso de unos años antes, de 1798, nos encontramos con un ciudadano gibraltareño inesperado. Este mono esperaba, pacientemente, a que los pesados que andábamos por allí le dejáramos en paz y él pudiera bajar a comerse algo que le habían dejado en la acera, no sabíamos quién. Un hombre, que intuí marroquí por su acento, pero hablando en español, trataba de alejarlo de allí, indicando que arriba ellos tienen comida, y que no se les debe dar alimento alguno aquí abajo porque como te descuides te quitan lo que lleves encima.


Los monos gibraltareños, como pudimos comprobar, están numerados y llevan un GPS sujeto en el cuello, para eliminar posibles tentaciones de meterse uno en el bolso y sacarlo de la zona.



Este, con su carita de bueno, parecía decir... pero ya está bien, gente, dejad que baje que se me está pasando la hora del almuerzo y el menú que hay  allá arriba no me apetece demasiado...

El mono, aunque no nos marchamos, bajó del árbol y se sentó en el banco que había debajo. Se puso a mirar a unos y a otros, y en cuanto pasó una chica, con un bocadillo en la mano, fue visto y no visto, pero se lo quitó, con gran susto de la muchacha, que salió corriendo mientras chillaba.


Nuestro mono cogió el bocadillo y volvió a sentarse en el banco. Mientras tanto, ya se había formado un corrillo de curiosos, que observábamos las peripecias del bicho con la comida.


Abrió el pan y sacó aquella cosa roja, que debía ser chorizo, o salchichón, y se puso a inspeccionarlo cuidadosamente. Acto seguido, la olió y debió gustarle el aroma porque se lo comió. No ocurrió así con el jamón de york.


Con parsimonia lo sacó del pan y lo dejó sobre el banco. A nuestro mono no le gusta el jamón de york, eso quedaba claro. Comenzó a darle mordiscos al pan seco que, mira tú, debía estar buenísimo.




Y es que no hay manjar como el pan, ¿verdad que sí? Al menos, eso parece querer decirnos nuestro monito gibraltareño, con esa media sonrisilla que tiene. El jamón de york allí quedó, muerto de pena sobre el banco, pero el pan ya casi estaba terminado.



La guinda del día la puso la salida de un avión. Se cerraron, primero, las barreras para los transeúntes, y más tarde para los autos. ¿Se puede despegar en un palmo de tierra? Claro que se puede, nosotros lo vimos con nuestros propios ojos pero, madre mía, qué mieditis...