jueves, 4 de julio de 2013

De visita por Gibraltar

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 El Peñón, visto desde La Línea de la Concepción

No era la primera vez que visitaba el Peñón. Lo había hecho... hacía demasiados años, y me apetecía volver. Lo ví, de lejos, envuelto en neblina, en marzo, pero el tiempo era muy malo y decidimos posponer la salida para visitar Gibraltar. Esa visita y todas las visitas a los demás lugares, porque el agua no daba tregua.

Pero junio ha sido otra historia. Yendo en coche, por la carretera de Tarifa a Algeciras, hay varios puntos desde los que se ve el Peñón de Gibraltar de manera impecable. Hay lugares para desviarte - zonas habitadas - y poder admirar el paisaje gibraltareño, desde luego, pero yo eché de menos un mirador a pie de carretera, como el Mirador del Estrecho, cercano a Tarifa, desde el cual se ve tan claramente todo esa franja de mar, la tierra de Marruecos y Ceuta. No hay, pues, mirador y tampoco era cuestión de aparcar el coche en el arcén simplemente para recrearme la vista. Sobre todo porque apenas había arcén y hubiera sido peligroso.


Me hubiera encantado estar un ratito mirando aquel cuadro: Gribraltar destacándose contra el cielo, los barcos circulando, las rocas peladas marroquíes... Sí, yo creo que Gibraltar impresiona más mirándola de lejos que desde dentro del territorio. 

En La Línea, cerca de la frontera, todo está plagado de negocios: cambio de moneda, restaurantes, bares, tiendas de todo tipo... Ya no es necesario pasar a Gibraltar a comprar nada, o casi nada, porque todo está igual de caro que España, incluso la gasolina. 

Y entre los controles españoles y el gibraltareño se extiende una zona asfaltada donde está incluida la pista de aterrizaje. Has de cruzar rápido pues si no lo haces, enseguida te avisan, en inglés, de que está prohibido pararse en la pista.


En Gibraltar se circula como en el resto de la Europa continental, es decir, por la derecha, por eso en todos los pasos de peatones aparece, a cada lado de la calzada, ese Look Left o Look Right, sobre todo para los que vengan de la Gran Bretaña, porque los llanitos ya están acostumbrados.


Uno pasa a Gibraltar por aquello de decir que ha estado en territorio extranjero, aunque oyendo hablar a la gente de allí, que se expresa igual de bien en español-andaluz que en inglés, no te sientes extraño, a pesar de los carteles informativos, de las cabinas telefónicas, los buzones de correos y los restaurantes con nombres británicos. Hasta puedes pagar en euros, si te place. 


La calle principal, la calle de los comercios, restaurantes y bancos, es bulliciosa, alegre, y está llena de turistas, de paseantes de La Línea, de los propios ciudadanos gibraltareños. Coincidimos con la salida del colegio de los estudiantes y era simpático escucharles, pues pasaban del inglés al castellano de manera normal. 


Realmente era chocante ir por la calle, escuchando hablar casi más en español que en inglés, y ver todos aquellos carteles escritos en la lengua de Elton John. 

La calle principal es bastante larga, el núcleo de la vida gibraltareña. Hay más calles, claro, y también está la zona portuaria, además de la parte alta del Peñón, donde están los monos y desde donde se verá todo el paisaje que hay al otro lado de la roca, como es la costa africana. Yo no subí. Hay viajes para ir hasta arriba del monte, y también un funicular, pero hacía calor y no nos  apetecía desplazarnos hasta todo lo alto.





Muy British, ese fish and chips, que se ofrecía en múltiples restaurantes. Yo preferí una comida menos grasienta y más refrescante.





E, igualmente, muy británicos esos buzones del correo real, pintados de rojo y con los adornos de la corona. 


Casi al final de la calle, antes de llegar a Trafalgar Cemetery, donde están enterrados soldados de 1805 e incluso de unos años antes, de 1798, nos encontramos con un ciudadano gibraltareño inesperado. Este mono esperaba, pacientemente, a que los pesados que andábamos por allí le dejáramos en paz y él pudiera bajar a comerse algo que le habían dejado en la acera, no sabíamos quién. Un hombre, que intuí marroquí por su acento, pero hablando en español, trataba de alejarlo de allí, indicando que arriba ellos tienen comida, y que no se les debe dar alimento alguno aquí abajo porque como te descuides te quitan lo que lleves encima.


Los monos gibraltareños, como pudimos comprobar, están numerados y llevan un GPS sujeto en el cuello, para eliminar posibles tentaciones de meterse uno en el bolso y sacarlo de la zona.



Este, con su carita de bueno, parecía decir... pero ya está bien, gente, dejad que baje que se me está pasando la hora del almuerzo y el menú que hay  allá arriba no me apetece demasiado...

El mono, aunque no nos marchamos, bajó del árbol y se sentó en el banco que había debajo. Se puso a mirar a unos y a otros, y en cuanto pasó una chica, con un bocadillo en la mano, fue visto y no visto, pero se lo quitó, con gran susto de la muchacha, que salió corriendo mientras chillaba.


Nuestro mono cogió el bocadillo y volvió a sentarse en el banco. Mientras tanto, ya se había formado un corrillo de curiosos, que observábamos las peripecias del bicho con la comida.


Abrió el pan y sacó aquella cosa roja, que debía ser chorizo, o salchichón, y se puso a inspeccionarlo cuidadosamente. Acto seguido, la olió y debió gustarle el aroma porque se lo comió. No ocurrió así con el jamón de york.


Con parsimonia lo sacó del pan y lo dejó sobre el banco. A nuestro mono no le gusta el jamón de york, eso quedaba claro. Comenzó a darle mordiscos al pan seco que, mira tú, debía estar buenísimo.




Y es que no hay manjar como el pan, ¿verdad que sí? Al menos, eso parece querer decirnos nuestro monito gibraltareño, con esa media sonrisilla que tiene. El jamón de york allí quedó, muerto de pena sobre el banco, pero el pan ya casi estaba terminado.


video

La guinda del día la puso la salida de un avión. Se cerraron, primero, las barreras para los transeúntes, y más tarde para los autos. ¿Se puede despegar en un palmo de tierra? Claro que se puede, nosotros lo vimos con nuestros propios ojos pero, madre mía, qué mieditis...