lunes, 22 de julio de 2013

Un lugar privilegiado: Baelo Claudia

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La primera vez que visité Baelo Claudia hacía un día de perros. Era marzo y la jornada amaneció de un gris muy sucio. Había viento y niebla y frío y no había un alma por el lugar exceptuando a los vigilantes del pequeño museo. Nosotros también estábamos, claro, pero estuvimos poco porque no había quien aguantara aquel ventilador gigante que zarandeaba los arbustos por todos lados, tenía escrespadas a las olas y pretendía llevarme en volandas más allá de los riscos de los montes cercanos. Lo que se dice un asco de día.


El día que volvimos, en junio, el panorama era muy diferente. El cielo amaneció espléndido, no se movía ni una brizna y el sol ya se insinuaba, dispuesto a hacernos sudar de lo lindo. Lo interesante fue que, de nuevo, fuimos de los primeros en llegar y, cerca de nosotros, apenas una o dos personas paseaban por el recinto. Es mucho más cómodo poder hacer fotos sin tener que esperar a que pase la gente, sin tener que esquivarlos, evitando así que te estropeen la instantánea.


Yo caminaba por los lugares indicados y miraba al mar y a aquel cielo transparente y bello. Miraba al mar y miraba los montes cercanos, y miraba la ciudad, o lo que quedaba de ella, y me decía que la gente de aquella época debió vivir una vida hermosa. Una vida con los inconvenientes de la época, pero también con sus beneficios. Levantarte, abrir la puerta y recibir una bocanada de brisa marina, mirar el agua, a veces mansa, a veces encrespada, pero siempre magnífica, debía ser como estar en el paraíso. Lo sé porque yo he vivido a escasos metros del mar y cada día que abría el portón del cuartel lo primero que veía era su brillo metálico, lo primero que sentía era el rumor de las olas, lo primero que percibía era el olor a sal. Y yo, aunque muy jovencita, una niña apenas, sabía que aquello era algo único, algo que se me estaba ofreciendo como un privilegio, un regalo.


Baelo Claudia - dejo este enlace para que se informen sobre el lugar quienes lo deseen - ya es sólo una sombra de lo que debió ser, pero esa sombra es alargada, llega hasta nosotros y nos permite hacernos una idea de cómo vivían sus gentes. Yo lo imagino como cualquier pueblo costero, antes de que llegara el turismo: barquitas en la playa, redes puestas a secar, en las mañanas un mercado animado donde las criadas zascandilearían entre frutas, verduras y pescados, contándose los últimos chismes, las damas arreglándose para ir al teatro al llegar la noche, y muchos críos jugando en la orilla del agua, a cualquier hora.


En las losas melladas de las avenidas, los muros medio derruidos, las piedras amontonadas de lo que un día fueron arcos de entrada a las viviendas, ya no están enredadas las voces de los ciudadanos, de sus habitantes. Ahora, entre sus huecos, anidan enormes lagartos verdosos, arañas, escarabajos, lagartijas y toda una amplia gama de bichejos que para mí no tienen nombre simplemente porque los desconozco; también hay líquenes e hierbas agarradas a los pedruscos, porque en ello les va la vida.


Muy cerca de las ruinas, están las dunas. Onduladas dunas de arena suave, rubia, finita, de esa que pincha como si fueran alfileres cuando sopla el levante, el poniente, o cualquier otro tipo de viento, si es que lo hay. Algunas lanchas reposan junto a la orilla, como aquellas barcas de los marineros de Baelo Claudia, que también debían estar por allí, esperando a la madrugada para hacerse a la mar, con la bendición de todos los jefazos del Olimpo.


Saliendo de Baelo Claudia, muy cerca, hay bares, chiringuitos, sombrillas, para uso y disfrute de aquellos que quieran pasar un día despreocupado y feliz entre las olas. Nosotros, que fuimos afortunados y justo cuando salíamos del recinto llegaban en masa los visitantes, nos fuimos a celebrar la paz que habíamos encontrado entre las ruinas a un bar cercano. Placer de dioses es tomarse una cerveza y unas tapas, a la sombra, la vista puesta en ese horizonte azul que parece infinito, percibiendo la brisa marina y sintiendo el graznido de alguna que otra gaviota. Uno podría pasarse allí la mañana entera.


Uno podría, sí, pero nosotros no podíamos pasar toda una mañana en aquel bar, porque teníamos en mente ir a comer a Barbate y después acercarnos a Caños de Meca. 

Dejamos atrás Baelo Claudia, las dunas, la playa donde los alumnos de un colegio gritaban nadando y lanzándose agua unos a otros, y nos fuimos a Barbate. Recorrimos sus calles centrales, tranquilamente. Aún no era temporada de turistas y las tiendas, los bares, los restaurantes, sus puertas abiertas de par en par, aparecían vacíos, apenas unas cuantas personas tomando el aperitivo o comiendo. Era un panorama desolador. Me dije que era junio, que había crisis, que en julio y agosto costaría trabajo encontrar una mesa libre a la hora de comer, pero ¿de qué viven tantos restaurantes durante los meses que no son veraniegos? 

Tras el almuerzo, en un buen restaurante de la playa - pero ¡qué rico está la melva asada, por favor! - y de camino a Caños de Meca, vimos un sendero que llevaba hacia unos acantilados. Hacía sol, y calor, pero había algo de vientecillo, de modo que con buen humor, y bastante coraje, dejamos el coche aparcado bajo unos pinos y nos encaminamos hacia aquellos acantilados. Creo que no llegamos a recorrer ni un kilómetro. La vista del mar era fantástica, es verdad, pero el sol se hizo muy pesado, nos mordía demasiado la espalda - a mí al menos, que llevaba blusita de tirantes - y el acantilado ni siquiera se vislumbraba en la lejanía. Pensamos que mejor dejábamos el acantilado para otro día, o mejor... para otro año.


En Caños de Meca, más de lo mismo: desolación, apenas nadie por las calles. Claro que a las cinco de la tarde, a ver quién se aventuraba a salir de casa, con la que estaba cayendo. Dimos media vuelta y regresamos por donde habíamos venido, a nuestra disposición una carretera sin tráfico alguno. No sería así en unas cuantas semanas, de eso estaba segura. 

Queríamos pasar por Valdevaqueros, para ver a los surfistas, pero antes paramos a un lado de la carretera para hacer unas fotos a los campos plagados de estos modernos gigantes, los molinos de viento de brazos inmensos. En esa zona de Cádiz hay un gran parque eólico,  aprovechando los vientos que siempre ventilan el lugar. 

Y fue mucho antes de llegar a Valdevaqueros que vimos las primeras cometas, coloreando el cielo.

Pero sobre eso hablaré en la próxima entrega.

Mari Carmen Polo