lunes, 26 de agosto de 2013

Córdoba: la brisa del Guadalquivir y el aroma del azahar

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De tapas, por la Judería


Lo mejor de Córdoba es... todo. 

Todo excepto el calor tan espantoso que se sufre en los meses de julio y agosto, y lo sé por experiencia, pues he vivido en esta ciudad durante bastantes años.


La mezquita de Córdoba


Es curioso cómo engaña la memoria. Paseé por calles de Córdoba que no recordaba que ella tuviera y, sin embargo, siempre estuvieron ahí, antes - cuando esa ciudad fue "mía" durante siete años - y ahora, que volvía a pisarlas de nuevo. No reconocí esquinas en las que seguramente desgrané sueños. Al tratar de recordar y en su lugar encontrar esa mancha de vacío, sentí una triple pérdida: por el lugar, por mí y por mis anhelos de entonces que no sé dónde quedaron - y ni siquiera sé cuáles fueron...


Mosen Ben Maimónides


Estaba tratando, en un inútil ejercicio de búsqueda, de reencontrarme con el pasado, aunque bien sabía que ni la ciudad, y mucho menos yo, éramos como entonces.

¡Qué extraña era la luz que envolvía a la ciudad al amanecer! Parecía como si una gasa la cubriera dejando que sólo tímidos rayos del sol se filtraran a través de ella. Córdoba comenzaba a desnudarse y tiritaba un poco. ¡Qué delicia pasear por calles recién regadas y en silencio con ese aire cargado de buenos presagios. Una sentía ligero el corazón. Hubo momentos en los que me sentí plena, feliz. Esos momentos en los que dices: daría algo de mi vida por que no se acabara este momento, que nada lo quebrara, que fuera perpetuo.

Campanitas, en la Judería


¡Qué diferente aquella luz matinal al fulgor deslumbrador de la tarde! ¡Contrastes crudos, intensos, vivos, contra los bellos arcos morunos! Y un mundo loco, yendo y viniendo, parloteando en mil y una lenguas. Y luego de nuevo las calles medio desiertas, con el amarillo, el blanco, el malva, el rojo, el verde de las palmeras, las rosas, las buganvillas, las celindas, los jazmines, las clavellinas, los lirios, las margaritas...


Cerámica cordobesa 

Creo que Córdoba siempre debería ser mayo y ventanas florecidas. Siempre. Y golondrinas que revoloteen su alegría entre el Guadalquivir y el patio de los Naranjos. También albahaca y hierbabuena entremezclada con el frescor de la cal de la Judería. Y brisa de azahares sobre la piel adormecida.

Patio cordobés

Zaguanes en penumbra. Patios con pozos blancos asediados de claveles.


Patio cordobés

Balcones enjambrados de geranios a través de cuyas rejas se escapa el perfume de la canela, del ajonjolí, del aceite de oliva, del limón y la miel, del grano de anís... y, de vez en cuando, también, el suave rasgueo de alguna guitarra entristecida.


Medina Azahara


De Córdoba, pues, todo merece la pena. Menos el calor, ya lo he dicho. 

Es una ciudad que ha crecido esplendorosa, tanto que una se asombra porque la recuerda de otra manera.


Medina Azahara


Una visita obligada es la de Medina Azahara. Nosotros tuvimos la suerte de ir acompañados de Marina, la hija de unos amigos, que ha participado en las excavaciones de este complejo arqueológico.


Medina Azahara

Llevar una guía privada, que conoce todo lo que hay sobre el terreno, es un privilegio del que no todos pueden presumir. Durante toda la mañana anduvimos con Marina por la zona y mientras ella comentaba y nos ilustraba, nosotros nos imaginábamos todo el esplendor de aquella magnífica ciudad que un día fuera una auténtica joya.


Medina Azahara


Ahora, los recortes, la falta de presupuesto, ha hecho que las excavaciones están paralizadas. Quizá en el futuro toda la ciudad pueda ser reconstruida, para gozo de los cordobeses y de los foráneos.

Nuestra visita a Córdoba tan sólo fue de dos días, pero volví satisfecha de haber paseado por sus calles y parques y deseando conocer mucho más. 

Para los que deseen adentrarse en el duende de esta bellísima ciudad andaluza, pueden consultar todo lo relativo a ella aquí.

Mari Carmen Polo