sábado, 31 de agosto de 2013

Nueva Carteya, como una parte de mi pequeña historia






Abrió la ventana y aspiró el frescor de la mañana. El aroma del pueblo despertándose lleno por completo sus células, inundándolas de olor a pan recién horneado. Un sol anaranjado se derramaba suavemente por encima de los montes aún oscuros. Las hojas de las higueras, al otro lado de la carretera, se movían suavemente, y pajarillos pardos salían y entraban de sus ramas en alocado vuelo. Vio a dos hombres caminando por la cuneta, hacia las viñas cercanas.



Se recostó contra el marco de madera y miró al cielo: nada, ni la más pequeña nube enturbiaba aquel espejo de color azul lechoso que se extendía por encima de su cabeza, del pueblo, del mundo. Pronto haría calor. 



De repente se vio allí mismo, tiempo atrás, una, dos, diez, treinta veces, repitiendo los mismos gestos, oteando el horizonte y escudriñando el cielo desde el mismo lugar, de la misma manera, tan igual, que diríase que era el rito que reunía su espíritu con todos sus otros espíritus que vagaban por allá, esperándola hasta que volvía de nuevo y todos juntos formaban un todo, un único espíritu, como un rompecabezas en el que encajan todas sus piezas a la perfección...




Siempre era igual y cada vez era diferente. Ya estaba en Carteya, en la casa de sus padres, en su casa. La noche anterior, la de su llegada, había  paseado por las calles empinadas del pueblo, muchas de las cuales habían cambiado las piedras redondeadas por escalones o simplemente por asfalto.


Calle San Juan.
 La calle donde está la casa de mi familia, la calle de mis juegos

Paseó su vista por las casas encaladas, con sus macetas de geranios rojos en ventanas y balcones. Había acariciado las matas verdes y redondeadas de los galanes de noche y tocado las hojas olorosas de los naranjos, que crecían en las aceras desde que ella podía recordar. 




Había ido al Paseo, para comprobar que las palmeras seguían allí, orgullosas, con sus grandes racimos de dátiles amarillos colgando, al igual que las palomas revoloteando sobre los tejados. También permanecían allí los rosales y las malvas reales. Y la iglesia, cuidando de su mercado, ese mercado que ciertos días a la semana se vuelve alegre y desenfadado con toda la gente que se acerca para ver la mercancía que vendedores parlanchines, vociferantes, ofrecen a bajos precios.




Se retiró de la ventana. Cerrando con cuidado los cristales y, sin hacer ruido, salió a la calle. A esa hora temprana las únicas personas que se veían eran los campesinos que se dirigían hacia sus labores agrícolas. 




Era la mejor hora para pasear entre los olivares, para ver el pueblo blanco desde la falda de un monte, para aspirar el olor a leña, a tierra regada con las gotas del rocío, a flores que comenzaban a abrirse. 




Apoyada contra el tronco rugoso de un olivo, tocando sus puntiagudas hojas verdes, recordó un poemita que, tiempo atrás, alguien de su familia escribiera, una joven a la que ella nunca conoció: Inés. 




Sabía que Inés había querido a su pueblo y, aunque vivió gran parte de su vida fuera de él, en Barcelona, se sentía carteyana, y a Carteya dedicó la mayor parte de su pequeña obra literaria.



El Paseo


Mientras acariciaba el tronco del árbol, susurró el poema que Inés había escrito y que decía... 

"He subido al cerro, entre olivos cargados de negras y brillantes aceitunas, bajo un sol de primavera que calentaba el alma y deslumbraba los ojos, para así contemplar desde arriba la alba paloma anidada entre montes y aceitunas".


La casa de mi tía Carmen, y el bar las Palmeras, en el Paseo. El bar de la familia.

La idea de la paloma blanca entre olivares también la había tenido ella mucho antes de conocer ese texto de su pariente. Se sintió confortada al pensar que un mismo sentimiento hubiera sido compartido por dos personas de una misma familia en épocas distintas, sin que una de ellas supiera que la otra mujer, ya desaparecida, había existido.




Seguro que para Inés, tan lejos de su campiña cordobesa, también era difícil olvidarse de los días soleados y de las noches cargadas de perfume de jazmines y azahar.





Pasó su mano por la áspera madera del olivo, a manera de despedida. Con paso lento descendió por la carretera, encaminándose de nuevo hacia el pueblo. El canto de los pájaros y las voces lejanas de los trabajadores en los viñedos eran los únicos sonidos que alegraban la mañana.






Se sintió plena, reconfortada y fortalecida con un sol que le acariciaba la cara y prendía llamas de bienestar en su espíritu. Miró la veleta, con su brujita montada en la escoba, que señalaba hacia su casa. Comenzaba un nuevo día de paz y sosiego en el pueblo, un día esplendoroso que se prolongaría hasta bien entrada la noche, para seguir, a la madrugada siguiente, con su historia de milagros cotidianos, como una rueda que gira y gira sin principio ni final, eternamente.

María del Carmen Polo