martes, 10 de septiembre de 2013

La llegada a San José. El descubrimiento



Fue algo repentino... ¿nos vamos a Almería... Venga, nos vamos. ¿Hotel o apartamento? Ya que siempre vamos de hotel, probemos el apartamento, total... Y elegimos los Apartamentos Carolina y Vanessa, en San José, Almería.

Miro el mapa y me digo... no está tan lejos... pero vaya si está lejos. Cabo de Gata está en el culo del mundo: de este pequeño gran mundo que es España, quiero decir. Afortunadamente, todo son autovías hasta llegar a pocos kilómetros de San José, lo cual no impide que uno tarde más de seis horas en alcanzar el lugar. Y más aún si de pronto, cerca de Granada, tenemos que frenar y vemos, a un lado de la autovía, una convención de la Guardia Civil. ¿Qué hacen aquí tantos coches, tantas motos, que está ocurriendo? A alguien importante deben estar esperando. Y nos paramos definitivamente. La cola, por delante, es larga, pero por detrás se va haciendo kilométrica y se pierde allá en lontananza. Salimos del coche. El sol nos da una bofetada que nos hace tambalearnos, pero como corre una ligerísima brisa, y esperar hay que esperar, mejor fuera que dentro. 




Es curioso esto de estar parados en medio de la autovía, la gente yendo y viniendo de un lado a otro. Sólo nos falta sacar las sillas, las mesitas, el bocata y ponernos a jugar a las cartas. Lástima que ese restaurante tan cuco esté al otro lado de la valla, porque más de uno nos iríamos a tomar una coca cola bien fresquita. 


De pronto empiezan a pasar coches, del otro lado de la valla. Y pasan más guardias civiles, en sus motos, a toda velocidad. Ya sabemos lo que es: la vuelta ciclista a España que, miren qué cosas, han tenido que venir a pasar justamente cuando nosotros circulábamos por aquí. Pasa la cabeza de carrera, una docena de ciclistas que son vistos y no vistos, y de nuevo esperamos hasta que llega el pelotón. 
 

 Por fin reanudamos la marcha. Son alrededor de las cuatro de la tarde y aún nos quedan dos horas largas hasta llegar a nuestro destino.


Vista de la playa y de San José desde la terraza de nuestro apartamento

Pasadas las seis y media de la tarde dejamos la autovía y nos internamos por una carretera que cruza varios pueblecitos. El paisaje de montes salpicados de chumberas y pitas adquiere unos tonos amarillentos, anaranjados, con el declive del sol, y nos muestra una estampa fantástica.



Alcanzamos, ¡por fin!, San José. Y no hay manera de encontrar los apartamentos Carolina y Vanessa. El cachondo del GPS nos lleva al cementerio. Y por más que intentábamos decirle que aún estábamos vivos, él... ni caso. Hartos de dar vueltas por las mismas calles empinadas, con calor y sin ver a nadie que nos pudiera indicar, aparcamos el coche en una rambla, cerca de la playa y preguntamos a la señora de un quiosko de helados. 


En la playa, los adultos nadan y los niños chillan, ríen, salpican un agua que debe estar muy calentita. Nosotros, con la impresión de lo nuevo, nos vamos hacia la calle central del pueblo, y allí encontramos el hotel donde nos tomarán los datos y nos darán la llave del apartamento. 



El apartamento es estupendo: cocina muy bien equipada - aunque yo tan sólo vaya a usar el frigorífico, por aquello de tener bebidas fresquitas - dos dormitorios, un salón, un baño grande y una terraza fabulosa. Estoy entusiasmada: tengo unas vistas ideales de todo el mar y del pueblo. Hemos hecho la elección perfecta. Dejamos las cosas colocadas en los armarios, nos duchamos y salimos a caminar, igual que están haciendo el resto de las gentes que allí pasan sus vacaciones.



Paseamos por el puerto, que no es muy grande, pero está lleno de yates y de lanchas. Junto a él están varios restaurantes donde se ofrecen frituras de pescado, paellas, mariscos...

Volvemos hacia el pueblo. La playa, ya cerca de las ocho y media, se ha quedado desierta, con tan sólo algún remolón que se resiste a dejar la calidez de la arena. En el pequeño paseo, flanqueado de palmeras, restaurantes, apartamentos, los vendedores de abalorios van instalando sus puestecillos. Es hora de cenar. Regresamos hacia el puerto cuando ya las luces del paseo y del pueblo están encendidas. Elegimos, al azar, uno de los restaurantes, que se llena a los pocos minutos de estar allí. Cenamos pescado, ¿qué otra cosa mejor se puede cenar en un pueblo de la costa? La cena, deliciosa y abundante. Lo cual será una constante en todas las cenas y almuerzos que haremos allí, en San José, y en no importa qué restaurante porque todos ofrecen comidas exquisitas y a muy buen precio.

Regresamos al apartamento pasadas las diez y media. Salimos a la terraza y decidimos qué hacer al día siguiente: iremos a Almería.


Y me quedo allí, en la terraza, hasta las doce de la noche, ligera, relajada, feliz, encantada de estar asomada al balcón de la noche, pensando en todo lo vivido a lo largo de la jornada, envuelta en una brisa refrescante, los pies sobre la gran mesa de mármol, percibiendo el rumor y la fuerza del mar, mirando las luces que se reflejan en el agua y las estrellas que van poblando el cielo, y viendo cómo Venus baja, baja, baja, hasta perderse tras el monte. 

María del Carmen Polo

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