domingo, 15 de septiembre de 2013

La vuelta a los orígenes

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Si queréis haceros una idea sobre el paisaje de Cabo Gata, es lo que estáis viendo aquí: montes redondeados, chumberas, pitas y matojos pajizos. No había visto tantas chumberas desde hacía mucho tiempo y eso que estoy muy familiarizada con ese tipo de vegetación porque lo he vivido a lo largo de mi vida, aunque haya sido de manera intermitente.



Los chumbos los he comido cuando era pequeña y no tan pequeña. Mi abuela, en el puerto de Motril, me los compraba y para mí no había cosa más rica que un par de higos chumbos maduros, amarillitos, dulces, sabrosos... Sólo de pensarlo se me hace la boca agua. A veces los he visto por aquí, en el Carrefour, en Alcampo, y lo cierto es que no sé por qué no los he comprado. Quizá tema que no me sepan igual que aquellos que yo comía en mi infancia, pero estoy decidida, si vuelvo a verlos, a traerlos a casa y probarlos. 


 

Volviendo a los paisajes de Cabo de Gata, cerca de San José nos encontramos con este precioso molino de viento que, imagino, se usaría para el grano, aunque no sé qué clase de grano podría crecer por esos montes tan áridos, o para sacar agua, que es lo más probable.



El segundo día de nuestra estancia en San José nos marchamos a Almería. Era una visita obligada. Dejamos el coche en el aparcamiento de lo que antes era la rambla - justo lo que se ve en la foto - y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad.



Paseamos por sus calles y el paseo, junto al puerto. No había ni demasiados turistas, ni demasiada gente por lado alguno, cosa lógica porque hacía bastante calor y ya estábamos en septiembre, cuando la mayoría de los visitantes han vuelto a casa.




Como me gusta mucho entrar en los mercados,  volvimos a este, el mercado central, grande, espacioso, donde años atrás compré un aceite de Tabernas que era una maravilla cuando una se lo esparcía sobre el pan con tomate, por la mañana. De nuevo volví a comprar aceite, que es el que ahora estoy tomando para desayunar. No es aceite de Tabernas, sino de Uleila, pero está igualmente riquísimo.



Era una delicia caminar entre los puestos de frutas, de especias, de hortalizas, de pescado...



Estaba todo tan bien presentado, tan fresco, que se llenaban los ojos con tanto color, al tiempo que una se imaginaba lo ricos que deben estar esos tomates, los higos, las granadas, y toda la variedad de verduras que se producen en la zona.


Antigua casa cuartel, hoy rehabilitada, donde viví mis cuatro primeros años.

Almería es una ciudad que al llegar la hora del almuerzo se adormece. Hay poco jaleo por las calles, de modo que nosotros nos fuimos al puerto y comimos una fritura de pescado en uno de los muchos restaurantes que hay por allí. Y tras el almuerzo, con un calor agobiante, emprendimos el retorno a San José.  


Santuario de la virgen del Mar.

Dejamos de lado la autovía y tomamos la carretera de la costa. A pocos kilómetros pude ver, a lo lejos, recortándose sobre el agua, la ermita de la virgen del Mar, patrona de Almería. Al llegar al desvío para Torre García, entramos por el camino, asfaltado, y nos llegamos hasta la que fuera mi casa desde que nací hasta que cumplí los cuatro años.



Siempre que he visitado Almería hemos ido a Torre García, siempre. Mis recuerdos de niña pequeña son los de esa torre del siglo XVI, torre vigía musulmana, donde anidaban gavilanes, que eran destruidos por los guardias civiles, entre ellos mi padre, porque a los guardias, en aquel secarral, se les permitía tener cabras y gallinas - el cortijo más próximo, La Joya, se encontraba a dos kilómetros, junto a la carretera que va para El Alquián y Almería - y cuando había pollitos se los comían. No había más remedio, pues, que eliminarlos.


Recuerdo, igualmente, que los niños del cuartel, estábamos todo el día jugando entre las pitas y la orilla del mar. El agua dulce la cogían de un pozo que se encontraba cerca del cuartel. Cuando hacía mucho viento, la arena lo tapaba - en realidad el pozo estaba cubierto por una chapa de metal, pero era tal la furia del viento que quedaba totalmente cubierto y varios guardias tenían que quitarle de encima toda la arena acumulada si queríamos recoger el agua.



Creo que se podrán contar con los dedos de la mano los días que allí amanezca sin viento. Siempre lo hay, siempre lo había, pero todos estaban, estábamos, acostumbrados a él. Cuenta mi madre que durante los cuatro años que vivimos allí, jamás enfermé, y estábamos tan aislados que, excepto las contadas ocasiones en que se llegaban a la capital, porque necesitaran hacer compras importantes, o se acercaban al cortijo vecino para adquirir algunas verduras o frutas, nunca veían a nadie. Tenían la tierra y el mar para ellos solos. Es increíble el aguante de aquellos hombres y mujeres que tenían ante sí, sobre todo las mujeres, días exactamente iguales, sin apenas cambios, o casi. Su única diversión era nadar en el agua - en verano - cuidar de los chiquillos, de las cabras y las gallinas, y charlar entre ellas. Ni siquiera radio había. Ni visitas. Nada.

Por esa playa larga de Torre García, llena de piedrecillas, de conchitas, de algas y algún que otro pescado muerto, yo comencé a caminar. Mis ojos veían, desde que salía a la puerta de la casa, hasta que me iba a dormir, la pequeña ermita, redondeada al estilo musulmán, el azul del mar y el tono amarillento de la tierra reseca.

Sé que tuve una vida maravillosa allí, porque era la más pequeñita y todos me querían, sobre todo - además de mis padres - los guardias solteros, y porque tenía un campo de juegos excepcional en un marco incomparable, aunque tan sólo fuera tierra reseca donde anidaban arañas, escarabajos, lagartos y lagartijas, y un cielo colmadito de estrellas.

Torre García. Mis pequeños pasos, todavía, grabados en el recuerdo de la tierra, de la arena.
 
María del Carmen Polo

12 comentarios:

  1. Estuvimos en almería el año pasado, justo hace un año por estas fechas. Nos hospedamos en Roquetas, y visitamos la capital, lo del Oeste, el Cabo de Gata (que me gustó muchísimo)... Bueno, es una zona diferente de la de aquí, quizás más seca; pero no hay duda de que han sabido sacar partido de naturaleza tan agreste. Lo pasmaos muy bien, la verdad.

    Un magnífico relato, Mª Carmen.

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    1. Gracias, Carlos. Un placer tenerte por aquí :)

      Un abrazo

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  2. Ah, qué bonito, Mari Carmen. Las fotos, como siempre preciosas. A mí también me gustan los mercados, hay mucho color y vida en ellos. Y el santuario de la Virgen del Mar, una maravilla.

    Chao!

    María Cañal B. o www.mystoriesproject.blogspot.com

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    1. Cuando llego a alguna ciudad o pueblos, siempre voy a los mercados. Me gusta ver la gente yendo y viniendo, y tambier me gusta ver qué se vende, qué compra la gente. Supongo que, al ser socióloga, me interesa conocer todo esa clase de cosas.

      Un abrazo.

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  3. Que bonita tu infancia tal como la relatas, fue feliz a pesar de estar tan aislados pero estabais los que teníais que estar; todo tan diferente a lo que es ahora. Bueno muy bien que lo vayas a recordar, son paisajes diferentes a lo que conocemos pero resulta bonito, tanta chumbera es bonito. Almeria lo veo en las fotos una ciudad muy tranquila que dará gusto andar por ella y el mercado se ve espectacular esas verduras que además ellos son los reyes y esos pescados tan coloridos debe ser una ciudad bonita para vivir en ella. Por aquí yo hoy ya he estado preparando el tema para el nuevo curso, ya me he apuntado esta mañana y comenzaré el 1 de octubre mi andadura en este tema Feliz semana para ti. Un abrazo Nori.

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    1. Eso es, Nori, Almería es una ciudad estupenda para vivir. A mi no me importaría, en absoluto, vivir allí. Por cierto, ¿a qué curso te has apuntado?

      Un abrazo.

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  4. A pintura en tela como te dije No se como se me dará pero yo las exposiciones que he visto otros años me han encantado hacen cosas muy bonitas. Ya estoy deseando empezar. Besos Nori

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    1. Uy, pues seguro que es un curso fantástico, además, he comprobado, sin tener mucha idea de pintar en tela, que no es tan complicado como una pudiera pensar.

      Un abrazo

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  5. Los buenos recuerdos de nuestra infancia no se olvidan fácilmente, has descrito espléndidamente esos recuerdos en esa provincia costera acompañados con esas estupendas imágenes.
    Un abrazo.

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    1. Es así, Helio :) Yo he visitado casi todos los lugares por los que he pasado, aunque han sido muchos, y me ha encantado volver a verlos.

      Un abrazo

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  6. He visitado almería en dos ocasiones, la última fue hace tres años, pasé quince días en Roquetas de Mar y desde allí visité la ciudad de Almería, Cabo de Gata, Laujar de Anmdarax y por supuesto el típico poblado de películas del Oeste.

    Siempre es bonito volver al lugar de la infancia y recordar los buenos momentos que vivimos en él.

    Besos

    http://ventanadefoto.blogspot.com.es/

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    1. Pues mira, el poblado del Oeste es lo único que no he visitado, aunque lo he visto desde la autovía. Tampoco me interesa demasiado, aunque no deja de ser curioso verlo allá, en medio del desierto de Tabernas.

      Un abrazo

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