miércoles, 9 de octubre de 2013

San José. Cabo de Gata.




No quería terminar con el tema de Almería sin dejar algunas fotos de San José, donde he pasado una fantástica semana.

San José es un pueblo familiar, tanto por ser abarcable en poco espacio de tiempo como por ser lugar donde las familias pasan sus vacaciones sin más contratiempos que los berrinches que puedan coger los pequeños. 



Yo no conocía San José, aunque me habían hablado mucho de él, por eso ha sido todo un descubrimiento para mí. Me ha gustado tanto que ya estoy pensando en volver el año próximo y, si es posible, y voy a intentar que lo sea, al mismo apartamento, desde el cual teníamos una vista ideal de todo el pueblo, la playa y el mar.



Muy poco queda ya, si es que queda algo, del San José de pescadores al que hoy acoge a tantos veraneantes. Tampoco el entorno es el mismo, salvo por esas montañas y esa torre vigilante, oteando día tras día, mientras sus muros resistan, el horizonte.



Algunas de estas fotos han sido tomadas poco después del amanecer, cuando la playa, con el mar en calma, se iba despertando, poco a poco, al ritmo de las pisadas de algún bañista madrugador.



Afortunadamente, aunque durante el día hacía calor, tampoco era excesivo. Las noches eran estupendas, corriendo una brisa deliciosa que hacía que yo me quedara, mirando a Venus, hasta más de medianoche. Mientras tanto, en el paseo, las gentes entraban y salían de los restaurantes o de los bares, apurando la noche, antes de irse a descansar.



Junto al puerto, para mi gusto, estaban los mejores restaurantes. Hay que decir que en todos los que hemos comido, en todos, se comía de maravilla y a buen precio. El salmorejo, el gazpacho, los pescados, los mariscos, arroces y carnes, todo, todo, estaba para chuparse los dedos. 



El desayuno - pan con aceite y tomate, y jamón, o atún, o el bocadillo que te diera la gana, y los dulces -  lo hacíamos en un restaurante cercano al paseo, pues los restaurantes del puerto tan sólo abrían hacia mediodía, para empezar con los almuerzos, y por las noches, las cenas.



Y tras el desayuno... nosotros emprendíamos el camino hacia los pueblos de alrededor, para conocer la zona, y las familias tomaban posiciones a la orillita del agua y allí pasaban la mañana, hasta la hora de irse a comer.



Debo decir que el agua estaba caliente, caliente. ¡Daba pena salir de ella!




Por la noche, tras la cena, caminando entre los puestecillos de jabones artesanales, pendientes, collares, bolsos, fósiles, y un sinfín más de fruslerías, instalados a lo largo del paseo de palmeras, sintiendo el rumor del mar, volvíamos al apartamento, para salir a la terraza y seguir observando el mundo, aquel pequeño mundo, que palpitaba entre luces y sombras. La paz, la tranquilidad era tan fantástica que te hacía sentir que estabas en el paraíso. 

Y como quiero volver a sentir esa paz y esa alegría al despertarme, es por lo que quiero volver. Y, por supuesto, porque me han quedado varios pueblos cercanos a San José, que quiero conocer y recorrer.


Mari Carmen Polo

miércoles, 2 de octubre de 2013

Por los campos de Níjar




En este viaje a Almería quería visitar lugares que hacía tiempo estaban en mi lista, uno de ellos era Mojácar - y no pudo ser, pero lo tengo previsto para el próximo año - y el otro era Níjar. Este sí. Por este pueblo me he paseado, he comprado su preciosa cerámica y hasta un cestillo de mimbre, con su tapadera y todo. No es muy común ver a la gente haciendo este tipo de actividades, pero nosotros tuvimos suerte y nos encontramos con este buen hombre que se entretenía tejiendo cestos. Una manera relajada de pasar unas horas mientras se charla con los vecinos, o con los que vienen de fuera, como era nuestro caso.



La primera vez que yo supe de la existencia de Níjar fue hace muchos años, cuando compré el libro de Juan Goytisolo, Campos de Níjar. Es un libro que se lee de un tirón, ya que no son demasiadas páginas, y refleja muy bien la vida de aquellos paisanos míos, en los años cincuenta. 

Afortunadamente, poco tiene que ver aquel Níjar que Goytisolo recorrió y los campos que vemos hoy día. 



En el libro, publicado en 1959, Goytisolo habla de una zona de España donde lo que uno podía encontrar, sobre todo, eran las pitas, las chumberas y la miseria.

Han pasado más de cincuenta años y todos aquellos campos pedregosos y polvorientos, llenos de lagartos, que un día lejano pisara el escritor, ahora están cubiertos de plásticos, dándole al campo la sensación de que tiene una capa de escarcha, gracias a la cual llega dinero y riqueza a la provincia de Almería.



Yo no sabía que en Níjar hubiera tanta cerámica y tan bonita. Uno se queda extasiado mirando tantos objetos preciosos. Me lo dijeron unos antiguos amigos de Córdoba, a los que fuimos a visitar a su apartamento, en Vera, y tenían razón.



Por eso, uno de las mañanas de nuestras mini-vacaciones la invertimos en acercarnos a Níjar, y en recorrerla. No sólo entramos en algunas tiendas donde se produce y se vende la cerámica, también charlamos con los dueños, que nos ponían un poco al corriente de la vida en el pueblo.



Compré cuencos decorados con todos los colores del arco iris, y un botijo chiquitín, parecido a los que tenían mis abuelos en la repisa de la ventana, aunque aquellos eran mucho más grandes.




Pude ver los trabajos hechos con el esparto y, también, aquellos aperos de labranza que yo creí desterrados para siempre.



El pueblo está en la ladera de un monte donde aparecen, por aquí, por allá, matojos y algunas palmeras. Sus calles, blancas y empinadas; sus balcones y ventanas, adornadas de flores. Como debe ser.



Y todo bajo este sol de verano de Andalucía que calcina hasta el más leve pensamiento, cuando te expones a sus rayos sin protección alguna.





Las buganvillas, las chumberas, están presentes allá por donde vas. Ver esos chumbos que nadie recoge ya, daban ganas de subir y tomar unos cuantos. Lo malo son las espinas, que disuaden de llevar a cabo tal empresa.




Igualmente es fácil distinguir las torres vigilantes, alguna mejor conservadas que otras. Esta torre está en lo más alto del pueblo y, sinceramente, con el sol de mediodía que caía a plomo y teniendo que subir unas cuestas bastante pronunciadas, no me apetecía en absoluto llegar hasta arriba, así que en la calle de los Gatos - había muchos por allí, posiblemente por eso tiene ese nombre - dimos media vuelta y regresamos por donde habíamos venido.



No obstante, antes de volver al lugar donde estaba aparcado nuestro coche, echamos un vistazo a los campos de Níjar, tan brillantes, tan prósperos, a pesar de que todo se haya desarrollado donde antes sólo había desierto. Uno los ve, estos campos, y no deja de pensar en la capacidad humana para cambiar lo que le rodea, para aprovechar lo que hace cincuenta años la gente, sin duda, pensaría que era inaprovechable. 



Campos de Níjar, pitas, palmeras, chumberas... Y sol. Y desiertos.

Un paisaje atrayente, a pesar del calor, de la sequedad. Un lugar que uno piensa que no le gustará pero que, definitivamente, atrapa. Conmigo lo ha hecho. Me era desconocido, porque nunca había visitado San José y sus aledaños, nunca había llegado hasta esta zona de cabo de Gata, pero una vez recorrida me ha gustado tanto que ya estoy pensando en volver.

Mari Carmen Polo