miércoles, 2 de octubre de 2013

Por los campos de Níjar




En este viaje a Almería quería visitar lugares que hacía tiempo estaban en mi lista, uno de ellos era Mojácar - y no pudo ser, pero lo tengo previsto para el próximo año - y el otro era Níjar. Este sí. Por este pueblo me he paseado, he comprado su preciosa cerámica y hasta un cestillo de mimbre, con su tapadera y todo. No es muy común ver a la gente haciendo este tipo de actividades, pero nosotros tuvimos suerte y nos encontramos con este buen hombre que se entretenía tejiendo cestos. Una manera relajada de pasar unas horas mientras se charla con los vecinos, o con los que vienen de fuera, como era nuestro caso.



La primera vez que yo supe de la existencia de Níjar fue hace muchos años, cuando compré el libro de Juan Goytisolo, Campos de Níjar. Es un libro que se lee de un tirón, ya que no son demasiadas páginas, y refleja muy bien la vida de aquellos paisanos míos, en los años cincuenta. 

Afortunadamente, poco tiene que ver aquel Níjar que Goytisolo recorrió y los campos que vemos hoy día. 



En el libro, publicado en 1959, Goytisolo habla de una zona de España donde lo que uno podía encontrar, sobre todo, eran las pitas, las chumberas y la miseria.

Han pasado más de cincuenta años y todos aquellos campos pedregosos y polvorientos, llenos de lagartos, que un día lejano pisara el escritor, ahora están cubiertos de plásticos, dándole al campo la sensación de que tiene una capa de escarcha, gracias a la cual llega dinero y riqueza a la provincia de Almería.



Yo no sabía que en Níjar hubiera tanta cerámica y tan bonita. Uno se queda extasiado mirando tantos objetos preciosos. Me lo dijeron unos antiguos amigos de Córdoba, a los que fuimos a visitar a su apartamento, en Vera, y tenían razón.



Por eso, uno de las mañanas de nuestras mini-vacaciones la invertimos en acercarnos a Níjar, y en recorrerla. No sólo entramos en algunas tiendas donde se produce y se vende la cerámica, también charlamos con los dueños, que nos ponían un poco al corriente de la vida en el pueblo.



Compré cuencos decorados con todos los colores del arco iris, y un botijo chiquitín, parecido a los que tenían mis abuelos en la repisa de la ventana, aunque aquellos eran mucho más grandes.




Pude ver los trabajos hechos con el esparto y, también, aquellos aperos de labranza que yo creí desterrados para siempre.



El pueblo está en la ladera de un monte donde aparecen, por aquí, por allá, matojos y algunas palmeras. Sus calles, blancas y empinadas; sus balcones y ventanas, adornadas de flores. Como debe ser.



Y todo bajo este sol de verano de Andalucía que calcina hasta el más leve pensamiento, cuando te expones a sus rayos sin protección alguna.





Las buganvillas, las chumberas, están presentes allá por donde vas. Ver esos chumbos que nadie recoge ya, daban ganas de subir y tomar unos cuantos. Lo malo son las espinas, que disuaden de llevar a cabo tal empresa.




Igualmente es fácil distinguir las torres vigilantes, alguna mejor conservadas que otras. Esta torre está en lo más alto del pueblo y, sinceramente, con el sol de mediodía que caía a plomo y teniendo que subir unas cuestas bastante pronunciadas, no me apetecía en absoluto llegar hasta arriba, así que en la calle de los Gatos - había muchos por allí, posiblemente por eso tiene ese nombre - dimos media vuelta y regresamos por donde habíamos venido.



No obstante, antes de volver al lugar donde estaba aparcado nuestro coche, echamos un vistazo a los campos de Níjar, tan brillantes, tan prósperos, a pesar de que todo se haya desarrollado donde antes sólo había desierto. Uno los ve, estos campos, y no deja de pensar en la capacidad humana para cambiar lo que le rodea, para aprovechar lo que hace cincuenta años la gente, sin duda, pensaría que era inaprovechable. 



Campos de Níjar, pitas, palmeras, chumberas... Y sol. Y desiertos.

Un paisaje atrayente, a pesar del calor, de la sequedad. Un lugar que uno piensa que no le gustará pero que, definitivamente, atrapa. Conmigo lo ha hecho. Me era desconocido, porque nunca había visitado San José y sus aledaños, nunca había llegado hasta esta zona de cabo de Gata, pero una vez recorrida me ha gustado tanto que ya estoy pensando en volver.

Mari Carmen Polo

4 comentarios:

  1. Conozco este pueblo tan solo de oidas, te confesaré que me suelo confundir con Mijas (Málaga), este último lo he visitado en varias ocasiones.

    Precioso reportaje de este maravilloso pueblo, me quedo con la imagen de este señor que elabora con paciencia una estupenda labor de artesanía.

    Un abrazo

    http://ventanadefoto.blogspot.com.es/

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    1. Gracias :) Es normal que tiendas a pensar en el pueblo malagueño por la similitud de sonido pero Níjar, aunque está subiendo la montaña, tan sólo está en la falda, mientras que Mijas está muy arriba. De todas maneras, ambos son preciosos, aunque diferentes.

      Un abrazo.

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  2. Que bonitas fotos. Son paisajes desconocidos para mi que a través de tus fotos voy conociendo, pero me parecen muy bonitos y también el modo de vivir. Esa artesanía tan colorida esos aperos de labranza que si me son muy familiares sus gentes trabajando la paja haciendo esos cestos que resultan tan útiles a la vez que bonitos en nuestras casas. Me ha parecido muy bonito el reportaje y también esos campos de plásticos tan productivos para esas tierras que antes serían puro desierto. Un abrazo y sigue con tus maletas y tu mundo por conocer...

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    1. Pues nada, Nori, ya sabes, a hacer la maleta, emprender viaje y llegar hasta allí. Te gustaría mucho.

      Un abrazo

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