lunes, 25 de mayo de 2015

¿Vamos a la plaza?

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 Mercado en La Rochelle, Francia

Una de las cosas que suelo hacer, cuando viajo, es acercarme a los mercados, a la plaza - como es habitual llamar al mercado en muchos lugares de Andalucía. No importa que el pueblo o la ciudad sea grande o pequeño, siempre hay un mercado para visitar, para deleitarse con sus colores, los olores, los sabores de todos los productos allí expuestos y, de propina, el bullicio, la algarabía, que recorre sus galerías. 

También es usual encontrarse con puestos o mercadillos en los caminos, como aquellos que solíamos ver en las carreteras secundarias de la Provenza, en el sur de Francia, o todos esos puestos que hay por nuestras carreteras españolas, en cuanto llega el verano.


Mercado al aire libre, en Amsterdam. Holanda

Cuando voy a Almería, me gusta comprar aceite de la tierra - un aceite riquísimo, de Tabernas, para ponerle al pan en el desayuno - aunque mi aceite habitual, el del día a día, es de Nueva Carteya, en Córdoba. Hace años que no uso otro aceite distinto a ese que lleva el sello de una cooperativa carteyana, Nuestra Señora del Rosario. Otras veces son especias lo que compro, o quesos, o frutas...


 Galería subterránea, en Estocolmo. Suecia

De Estocolmo me enamoró todo. Allí comí, por primera vez, unos muffins gigantescos y sabrosísimos. Tanto me gustó aquel país que ya he vuelto tres veces, y no descarto regresar en alguna otra ocasión.


 Mercado al aire libre, en Milán. Italia


Italia es otro país que enamora. Ya lo he visitado en tres ocasiones, la última el año pasado. Entre mayo y junio anduvimos recorriendo sus costas y el interior, la Toscana, donde pasamos casi un mes. Días maravillosos que nunca olvidaré, no sólo por los paisajes, las ciudades, el mar, sino por toda esa fantástica comida que ellos tienen y, sobre todo, los helados, ¡madre mía, qué helados! ¡Gloriosos!


 Galería comercial en Oslo. Noruega

En Oslo, ciudad bonita y tranquila donde las haya, pasé también unas hermosísimas vacaciones. Me gustó, sobre todo, la naturaleza que lo rodea, los bosques surcados de caminos donde la gente pasea sin agobios. No me importaría regresar, aunque si me dan a elegir entre Estocolmo y Oslo, sin dudarlo me quedo con Estocolmo.


 Zoco de Marrakech. Marruecos


Marrakech es un choque, un caos, algo totalmente diferente a lo que encontramos en Europa. Tan sólo estuve en esa ciudad tres días pero en ese tiempo pude visitar muchas cosas, entre ellas su medina y, cómo no, el inmenso zoco al que se accede desde la plaza de Jamaa el Fna y que se pierde hasta Alá sabe dónde, porque nosotros anduvimos por aquellas callejuelas llenas de tenderetes hasta que nos agotamos y lo dejamos hasta otro año, u otro siglo, ya veremos.


 Calabazas en una tienda de Portalegre. Portugal

Otro lugar ideal para perderse durante unas semanas: Portugal. Me encanta este país. También lo he visitado en varias ocasiones y tengo pendiente volver, cuanto antes mejor. 


Mercado de Cádiz. Andalucía. España

Siempre que veo estas cigalitas, recuerdo a mis tíos maternos, pescadores en el Puerto de Motril, aunque ya tan sólo uno de ellos está vivo. 

Cierro este capítulo de mercados y plazas con unas fotos que hice cuando, no hace demasiado tiempo, estuve en Cádiz, una ciudad preciosa en la que me siento como en casa porque la visito muy a menudo.
 
 Mercado de Cádiz

También solíamos comer, cuando yo era niña, estas cañaíllas, o caracoles, como les llamaba yo. A la brasa estaban para morirse de buenos. 

 Mercado de Cádiz.

Lo cierto es que, gracias a mis tíos maternos, cuando íbamos a visitar a la familia, en Motril, comíamos las cosas más ricas que puede dar el mar: langostas, cigalas, pulso asado, sardinas, boquerones, rapes, caracolas asaditas... 

Una pura delicia.

Y por hoy, el tema plazas o mercados, lo doy con terminado, aunque me he dejado decenas de ellos, preciosos, de los pueblos andaluces y de tantos y tantos otros pueblos del resto de Europa. 

Seguiré visitándolos y comprando aceite por aquí, algunos encurtidos por allá y quesos, hortalizas, frutas y panes fantásticos por todos lados.

Mari Carmen Polo Soler