jueves, 26 de noviembre de 2015

Detalles de Oieregi, en Navarra

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No es habitual que yo vuelva a visitar lugares que ya he recorrido. Prefiero descubrir nuevos paisajes, pero en varias ocasiones, pasados unos años, sí he regresado porque consideré que el sitio así lo merecía. ¿Y qué hace que queramos pasear por donde ya lo hicimos una vez? En mi caso, porque el hotel o la casa rural donde me hospedé tenían algo especial, acogedor, agradable, mágico, y, cómo no, por la gente que nos atendió, con la que charlamos e intercambiamos historias del lugar.





A Oieregi, en el parque natural del Señorío de Bertiz, aún no he regresado desde que lo visité en el 2008, pero hemos decidido que el año próximo, si las cosas van bien, volveremos. Al mismo hostal Bertiz que nos acogió entonces, por supuesto.





Anduvimos por la zona casi diez días, en el mes de agosto, y aún nos hubiéramos quedado algunos más, pues es mucho lo que hay por descubrir tanto en la Navarra española como en la francesa, ya que la frontera está a unos pocos kilómetros.




¿Qué es lo que más recuerdo de aquellos días? La niebla que cubría los montes, por las mañanas. Abrir la ventana y ver los bosques envueltos en aquella gasa blanquecina descendiendo por las laderas era fascinante. Un paisaje con tanta vegetación, tantas flores, daba paz y sólo paz a mis los sentidos.





Más recuerdos: el jardín botánico, los ciervos que correteaban entre los árboles, la buena comida del restaurante al que solíamos ir en Oieregi, los paseos por los senderos, sintiendo tan sólo el rumor del viento y el canto de los pájaros, el agua fluyendo por doquier, tanto verdor, tanta exuberancia, el puente de piedra y el río Bidasoa, las casonas encantadas...





Hermosos recuerdos de unos días que transcurrieron demasiado deprisa, como suele suceder cuando uno está feliz en un lugar. Todos los pueblos de los alrededores, pequeños o menos pequeños, con sus casas antiguas, sus blasones, sus balcones florecidos, eran una constante invitación a quedarse un minuto más. Los caseríos, con sus praderas donde pacían los caballos, conformaban bellas estampas que uno no podía resistirse a fotografiar para deleitarse, más adelante, pensando en aquellas jornadas soleadas y placenteras.





Quiero ir de nuevo a Oieregi, lo he pensado muchas veces, por eso, cuando ayer hablamos de fechas me puse tan contenta como una nena con zapatos nuevos. Porque ahora tengo más experiencia con mi cámara - y porque es mucho mejor cámara que la que llevé en la pasada ocasión - porque el lugar no me es del todo desconocido y sé que hay cosas que pasé por alto y no quiero que eso me suceda de nuevo, porque me encantan los detalles y serán bastantes los que fotografíe, así mi reportaje tendrá otra atmósfera, un poco más de magia.




No es que vaya a renunciar a fotografiar paisajes, no, pero enfocaré mis tomas de una manera diferente.




Hoy, aquí, dejo una pequeña muestra de esos detalles que tanto me gustan: acebo y nenúfares del jardín botánico, por ejemplo, o bayas que fotografié y que no he traído para no cansar con tanta verdura, y setas de llamativos colores.





Ya ven, todo un despliegue de seducción y belleza, en el Señorío de Bertiz, en Navarra.



Mari Carmen Polo

viernes, 20 de noviembre de 2015

El Hayedo de Tejera Negra

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En la provincia de Guadalajara, en Cantalojas, encontramos un lugar hermosísimo para pasar un día estupendo con la familia o los amigos. O con ambos.




La ruta al principio engaña un poco ya que desde el aparcamiento la senda es fácil de caminar y marcha junto al río Lillas pero, poco a poco, unas vaquitas por aquí, otras por allá, comenzamos a subir, envueltos en el colorido otoñal de los árboles hasta llegar a la cima, desde la que se puede admirar una magnífica panorámica de todo el entorno.



Desde ahí bajamos de nuevo hacia el aparcamiento, tras haber recorrido unos cuantos kilómetros en plena naturaleza, donde lo único que se puede escuchar, a veces, son nuestras pisadas y el canto de algún que otro pájaro que levanta el vuelo asustado.




En nuestra agradable caminata tuvimos la oportunidad de ver varios puentecillos. Aunque a nuestro paso no vimos ningún animal, aparte de los pájaros, ciertamente podíamos imaginar que al llegar la tarde y la noche por allí se escucharían ruidos entre las hojarasca: todos los animales que habitan el hayedo, como son los corzos, los tejos, pequeños ratoncillos, jabalíes, gatos monteses, etc.




El bosque de hayas es, sin duda, su mayor atractivo y tiene un ambiente de cuento: por sus colores, el musgo del suelo, la alfombra de hojas que nos invita a adentrarnos en el bosque y su atmósfera casi mágica.




Además de las hayas, también crecen en la zona robles melojos, pinos silvestres, tejos, acebos y abedules. Todo un gozo para los entendidos en la materia.





Un lugar, pues, para recorrer y disfrutar, sobre todo, en primavera, verano y otoño, pero incluso en invierno, con todo aquel espacio cubierto de nieve, las vistas tienen que ser espléndidas.





Y después del paseo en plena naturaleza, ¡cómo no!, es obligado parar en alguno de esos pueblos chiquitos donde tan bien se come, para relajarnos y compartir la mesa, el vino y el pan. Y algo más, que por algo las tierras de Guadalajara tienen buenos platos de cordero, codornices, cerdo, y un queso de oveja que está para chuparse los dedos. Será el colofón perfecto para un día glorioso.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Otoño en Huesca y los frutos de la tierra

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Un viaje inolvidable al otoño oscense, en el Pirineo aragonés. Los valles de Hecho y Ansó lucen esplendorosos en esta época del año. Pero no sólo estos valles, sino toda la provincia. Pasear por sus bosques y caminos es tocar el cielo con las manos. Paisajes mágicos para disfrutar y traerse a casa encerrados en una cámara y así recrearlos una y otra vez, hasta el infinito. Aunque mejor que eso sería poder acudir allí, año tras año, y disfrutar no sólo de los bellos parajes, sino de la simpatía de sus gentes y de su magnífica gastronomía. Yo quedé tan enamorada del lugar que ya estoy pensando en volver.











Pequeños detalles de lo que encontré en mi caminar por tierra oscense es lo que dejo en esta entrada. Pequeñas cosas que suelen pasar desapercibidas, si uno no se fija bien. Pequeñas, pequeñitas, pero qué importantes son creando paisaje, ¿verdad?

Mari Carmen Polo